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lunes, 13 de septiembre de 2010

EN BRASIL CONTRATAN A RAVI SINGH



Lula, blanco de los
ataques de la oposición
La campaña de Serra cambió de estrategia y comenzó a criticar al popular mandatario; acusan de corrupción a una asesora de Dilma
Dilma Rousseff, anoche, en el tercer debate de la campaña.
RIO DE JANEIRO.- Cuando faltan tres semanas para las elecciones, la campaña electoral en Brasil se calentó en las últimas horas con ataques cruzados entre los dos principales candidatos: la oficialista Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT), y el opositor José Serra, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), quien en su desesperación ha optado por arremeter contra el propio presidente, el popular Luiz Inacio Lula da Silva.
El fuerte tono de la confrontación quedó en evidencia anoche en un áspero debate entre los candidatos, celebrado pocas horas después de que la última edición de la revista Vejapresentara en tapa una investigación en la que acusa a una ex asesora de Rousseff y actual jefa de gabinete presidencial, Erenice Guerra, de corrupción. Según la publicación, el año pasado, el hijo de la alta funcionaria, Israel Guerra, que trabaja como consultor, obtuvo unos 3 millones de dólares por facilitar un contrato de más de 50 millones de dólares entre el Estado y una empresa de transportes aéreos privada.
Según Veja , el negocio no podría haberse hecho sin el consentimiento de Erenice Guerra, que era la mano derecha de Rousseff cuando ella era jefa de gabinete de Lula, y luego la sucedió en su cargo cuando ésta se lanzó a la campaña. Sin embargo, Guerra hijo desmintió haber utilizado sus influencias y su madre prometió demostrar ante la justicia que no es culpable.
Anoche, durante el segundo debate televisivo entre los candidatos a la presidencia, Dilma reafirmó su confianza en su ex colaboradora e intentó distanciarse del escándalo. "No voy a permitir que se juzgue a mi persona basándose en lo que sucedió con el hijo de una ex asesora mía", dijo quien aspira en convertirse en la primera presidenta de Brasil.
Ya el viernes pasado otro escándalo de corrupción había salpicado al gobierno, cuando el gobernador del estado de Amapá, Pedro Paulo Dias, y su antecesor en el puesto, Waldez Góes, ahora candidato a senador, fueron detenidos por la policía federal. Ambos funcionarios, que pertenecen a la red de alianzas regionales del gobierno de Lula, fueron acusados de haber desviado unos 160 millones de dólares enviados por el gobierno federal para programas sociales.
"No es posible que algunos candidatos consideren natural este proceso de corrupción que se vive en nuestro país", apuntó Serra, quien durante el choque televisivo de anoche afirmó que este gobierno del PT usa el aparato estatal para proteger a sus compañeros y perseguir a sus adversarios".
Serra, de 68 años, ya había intentado vincular a su rival a las revelaciones que dos semanas atrás había hecho el diario Folha de S. Paulo , que informó que datos fiscales de varias personas del PSDB, incluida la hija de Serra, Verónica, habían sido obtenidos ilegalmente por desconocidos. Serra acusó al PT de estar detrás de la operación, pero sus ataques no tuvieron mucho efecto en los sondeos de opinión.
De acuerdo con la última encuesta de Datafolha divulgada el viernes, Dilma se mantiene con el 50% de las intenciones de voto, frente al 27% de Serra, que cayó un punto respecto al sondeo anterior de la misma firma; lo ganó Marina Silva, del Partido Verde (PV), que llegó al 11%. Según la proyección de estos datos, Dilma se consagraría presidenta el 3 de octubre, sin necesidad de ballottage.
Dilma ayer volvió al ruedo después de haber pasado la mayor parte de la semana replegada en Porto Alegre, donde el jueves asistió al nacimiento de su primer nieto, Gabriel, hijo de su única hija, Paula Araújo (cuyo padre es el segundo marido de Rousseff, el ex diputado Carlos Araújo, del que se divorció en 2000). Desestimó las acusaciones de corrupción en su entorno, pidió dejar a la justicia hacer su trabajo, y señaló que la campaña de Serra está buscando una "bala de plata" para hacerla caer en los sondeos. "Siento decirlo, pero no la encontrarán -advirtió confiada-.Creo que mi adversario ha perdido los estribos haciendo sistemáticamente acusaciones sin pruebas, de forma liviana."
Como era de esperar, a las pocas horas del muy publicitado nacimiento de su nieto, la campaña de Rousseff difundió fotos de la candidata con el bebe en brazos, buscando presentarla como una abuela tierna, una imagen bien maternal, totalmente alejada de la sucia y dura lucha de campaña.
En su angustia por detener el constante avance de Rousseff y evitar una humillante derrota, Serra contrató la semana pasada al gurú indio Ravi Singh, experto en elecciones en la era digital, que acaba de venir de una exitosa experiencia en Colombia, donde asesoró al actual presidente Juan Manuel Santos. Una de las primeras instrucciones de Singh fue que la campaña debía cambiar su eslogan de "Brasil puede más" por "Es la hora del cambio". La otra, que debido a que Lula se había metido de lleno en la campaña para ayudar a Dilma, llegó la hora de ponerlo en la mira. Y así se hizo.
"Dilma no tiene historia -dijo Serra, en referencia a que Rousseff jamás peleó por un cargo electivo antes-. Los candidatos somos yo y Lula. Lula se está candidateando a través de ella".
Luego, haciendo alusión a los estrechos lazos entre Lula y el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, señaló que si él llega a la presidencia, Brasil ya no tendrá "cariño y amistad por dictadores y fascistas del siglo XXI".
Y en una entrevista con O Globo, dijo: "El modelo de Lula se agotó. Es poner ahí gente que va a continuar con esta privatización del Estado, los abusos, la falta de respeto a la democracia, la incompetencia, el desconocimiento de las realidades, la falta de propuestas, un gobierno publicitario. Es un riesgo muy grande para Brasil".
Para el analista David Fleischer, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Brasilia, el problema que enfrenta Serra es que ha decidido hacer un giro demasiado tarde y corre el peligro de parecer como desesperado ante el electorado.
"En los primeros dos meses de campaña, Serra pensaba que atacar a un presidente con el 80% de popularidad sería un suicidio. Pero ante su muerte lenta en las encuestas, su equipo parece pensar que la única manera de derrotar a su rival es una matanza general", señaló a LA NACION el politólogo.