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sábado, 30 de mayo de 2009

VIOLENCIA POLITICA


La violencia política en India :


El “envidiable desarrollo” de India, desde que se aplicó la política económica neoliberal, está provocando un aumento aún mayor de las diferencias sociales
El nacionalismo hindú
La identidad hindú (hindutva) invocada por Indira Ghandi recoge el “pasado glorioso hindú” que considera truncado por la invasión musulmana (sobre el año 1000 de nuestra era, aunque las primeras incursiones musulmanas en ciertos estados de India se remontan al año 711) y por la posterior colonización británica del siglo XIX (aunque comenzó de hecho en 1765 al conseguir los ingleses de la Compañía de las Indias Orientales los derechos administrativos sobre las regiones de Bengala, Bihar y Orissa) y pretende, por lo tanto, una sociedad hindú pura. Aunque no rechaza el sistema democrático existente en India, sí pretende que debe adecuarse a las reglas de la mayoría de la población (hindú) y que son las minorías religiosas quienes deben amoldarse a estas nuevas reglas.
La expansión del hinduismo en los últimos 40 años ha sido espectacular, llegando a contar con organizaciones políticas, sindicales, estudiantiles y de mujeres. Incluso cuenta con una organización paramilitar, la Rashtriya Swayamsevak Sangh (Asociación Nacional de Voluntarios). La organización política que agrupa a todas estas expresiones a nivel estatal es el Bharatiya Janata Party (Partido del Pueblo Indio), que ha estado en el gobierno federal en varias ocasiones y que gobierna cuatro estados (Gujarat, Madhya Pradesh y Rajasthan) mientras que en otros dos (Orissa y Bihar) es parte del gobierno en alianza con otros partidos locales. Fue bajo el gobierno del BJP cuando se India alcanzó su nivel nuclear y, amparados en ese éxito militar –preñado de orgullo nacionalista-, cuando se produjeron las matanzas de musulmanes a que se ha hecho referencia anteriormente.
También cuenta con un referente cultural, el Vishwa Hindu Parishad, VHP (Concilio Mundial Hindú). Para ellos, la India no es la madre tierra, sino tierra santa. El Islam y el cristianismo son considerados religiones extranjeras ya que sus tierras santas están en el extranjero. La hindutva infunde entre los hindúes el miedo de volverse una minoría. Aunque los hindúes son el 80% en India, se les dice que globalmente son una minoría comprados con los más poderosos cristianos (Europa, las Américas) y musulmanes (Mundo Árabe, Pakistán, Bangladesh, Indonesia, Irán, Malasia, etc.). La presencia cristiana es presentada también como una continuación del colonialismo.
Aunque por la estructura administrativa de India los partidarios de la hintduva no pueden conseguir más del 22-27% de los votos a nivel estatal, la coalición con otros partidos hace que haya alcanzado el poder a nivel estatal sin problemas en ocasiones. Esto ha provocado que el partido del Congreso haya vuelto, también, sus miras hacia un estrato social que es un caladero de votos y que sus comportamientos estén favoreciendo, de hecho, a la mayoría hindú. La policía, por ejemplo, está compuesta en su enorme mayoría por hindúes que en muy escasas ocasiones intervienen cuando se producen desmanes y ataques contra el resto de minorías.
Así pues, no debería extrañar en exceso que los musulmanes hayan decidido pasar a realizar acciones que, si en un primer momento se podían catalogar como de autodefensa, hace unos años han pasado a caracterizarse por ser indiscriminadas y por atacar a símbolos religiosos del hinduismo como el templo al dios Ram (en la ciudad de Ayodhya, estado de Uttar Pradesh, una represalia evidente por la demolición de la mezquita de Babri en esta misma ciudad en 1992) o en masivas peregrinaciones como la del Diwali, el festival hindú más importante.
4.2.- Las organizaciones islamistas
Al igual que sucedió con las organizaciones maoístas, son decenas las organizaciones islamistas que actúan en India. El motor teórico está representado por el Movimiento Islámico de Estudiantes de India y los brazos ejecutores tienen nombres diferentes como Lashkar-e-Toiba (Ejército de los Puros), Harkat-ul-Jihad-al-Islami (Orden de los Yihadistas Islámicos), Harkat-ul Mujahideen (Orden de los Guerreros Santos, una escisión de los anteriores), Lashkar-e-Qahhar (Ejército del Terror) e Islami Inqilabi Mahaz (Frente Revolucionario Islámico, para algunos analistas sólo otro nombre de Lashkar-e-Toiba y no una organización diferente) por mencionar sólo aquellas que han reivindicado sus acciones en los últimos cinco años.
La mayoría de estas organizaciones no sólo actúan dentro de la guerra religiosa que vide India, sino que exigen, de forma prioritaria, el retorno de Cachemira a Pakistán. Este es un estado cuyas dos terceras partes son de religión musulmana pese a que, en la partición que dio origen a Pakistán, el gobernante, de origen hindú, le mantuvo dentro de India. El hecho de que la enorme mayoría de la población quisiese incorporarse a Pakistán no contó ni para el gobernante ni para los nuevos dirigentes indios, que enviaron al Ejército para mantener Cachemira bajo su jurisdicción y ese es el origen del conflicto que enfrenta a India y Pakistán por este territorio desde 1947 provocando dos guerras, una que duró de 1947 a 1949 y otra en 1965 – que, a su vez, fue el motivo por el que India apoyó a los movimientos separatistas de Pakistán en una nueva guerra, la de 1971 y que dio origen a un nuevo país, Bangladesh- y por el que ambos países han estado, de nuevo, al borde del enfrentamiento bélico en varias ocasiones en los últimos diez años.
De hecho, las acusaciones al papel de los servicios secretos paquistaníes en la creación, apoyo, financiación y aprovisionamiento de armas de estos movimientos islamistas son constantes y desde el gobierno central se ha dado una vuelta de tuerca en su relación con el vecino paquistaní que ha sido aplaudida por los hindúes. Sin embargo, queda claro también que India está pagando las consecuencias de la vista gorda que el Estado ha hecho tradicionalmente ante los ataques y matanzas que han sufrido los musulmanes hasta el punto que se puede hablar, sin temor a exageración alguna, de pogromos contra ellos realizados de forma planificada y sistemática durante toda la década de 1990-2000 y que continúan en la actualidad.
Y al igual que una organización maoísta fue la que se convirtió en el referente para el resto, llegando a la unificación, dentro del movimiento islamista es el Movimiento Islámico de Estudiantes y el Lashkar-e-Toiba quienes tienen esa característica. El MIE se expandió a raíz de la demolición de la mezquita de Babri en 1992, mientras que el L-e-T lo hizo como consecuencia de la matanza de musulmanes en Gujarat en 2002. Entre estas dos organizaciones hay una cierta coordinación que se traduce en un incremento de las tensiones interreligiosas y en una vinculación de India con el yihadismo global que representa Al Qaeda, organización que si bien no era conocida en India hasta los atentados del 11 de septiembre en los Estados Unidos sí lo era su principal mentor, Osama Ben Laden, a quien se achacaba el flujo de dinero hacia los islamistas de Cachemira durante finales de la década de 1990-2000.
Es un hecho que la cuestión de Cachemira está internacionalizada desde hace tiempo y no sólo por la disputa con Pakistán, sino por la intervención de los EEUU y otros países árabes, como Arabia Saudita, en la financiación y apoyo de los islamistas que combatieron a los soviéticos en Afganistán, lo que provocó la deriva terrorista en la lucha islámica que vive hoy India. La invasión de Afganistán el 2001 dio alas a todos estos grupos porque, consciente de su fragilidad, el gobierno de Pakistán vio buenas razones para abandonar a quienes hasta ese momento habían sido sus aliados y volverse hacia los Estados Unidos con la finalidad de sacar ventajas en la disputa con India por Cachemira.
Pero Cachemira es algo más que un símbolo en la lucha islamista. La pretensión de contar con un estado de mayoría musulmana viene de lejos, como se ha dicho, y también tiene antecedentes en la India contemporánea puesto que en los momentos posteriores a la independencia, y durante el mandato de Nehru, se crearon estados lingüísticamente coherentes o étnicos (como el Punjab, de mayoría sij) ante el temor de que estos estados optasen por la independencia tras una serie de revueltas violentas. Es decir, India es tremendamente sensible a este hecho que, de producirse, empañaría su estrategia de estado integrador de nacionalidades y religiones.
5.- La cuestión del nacionalismo étnico
Junto a la insurgencia maoísta y a la lucha islamista, esta revestida en ocasiones de un componente claramente terrorista pero que se contrapone con otra del mismo tipo hinduista, existe en India una lucha violenta de componente étnico que se viene arrastrando desde la colonización británica: los baluchíes asentados entre Pakistán, Irán y Afganistán, los nagas esparcidos entre India y Myanmar, los chakma entre India y Bangladesh, la Cachemira dividida o los tamiles separados por la bahía de Palk son ejemplos de esta problemática. Y a ellos hay que sumar los movimientos independentistas en Punjab, Assam y en el resto de los estados del noreste indio.
La agresividad de los partidarios de la hintduva, hoy situados tanto en el Partido del Congreso como en el BJP impulsando la obligatoriedad de la lengua hindi en algunos estados, además del fenómeno religioso ya señalado, se ha convertido en un catalizador de estos movimientos que propugnan la autodeterminación. El caso más paradigmático es el de Assam, aunque también se puede mencionar los estados de Meghalaya, Tripura, Mizoram, Manipur, Nagaland y Arunachal Pradesh. La población en todos ellos es predominantemente tribal, con una gran variedad y diversidad de grupos étnicos que tienen más relación con China o el Tíbet que con el resto de India, y los movimientos independentistas se mueven en ellos con mucha facilidad.
La respuesta del gobierno de Delhi ha sido la criminalización de cualquier propuesta que abogue por el derecho a la autodeterminación y la consiguiente militarización de esas zonas. En 1958 se dotó al Ejército de poderes especiales para combatir el independentismo, lo que generó flagrantes violaciones de los derechos humanos aunque ello no provocó un cambio de postura gubernamental puesto que esos poderes especiales siguen hoy vigentes en Assam y en Manipur.
Se puso en marcha la clásica espiral acción-reacción-acción y los grupos insurgentes d corte independentista se multiplicaron hasta llegar a día de hoy a más de un centenar, siguiendo la vieja tradición india fraccionalista que ya se vio con los maoístas y con los islamistas. De todas las organizaciones independentistas el Frente Unido de Liberación de Assam y el Consejo Nacional Socialista de Nagaland son los más estructurados, con mayor capacidad de combate y reconocimiento entre la población.
6.- Conclusión
La violencia es consustancial a la historia de India, sea antigua o contemporánea. Recitar, como hoy hacen los gobiernos y medios de comunicación –que defienden unos intereses concretos de clase- en la práctica totalidad del mundo, el mantra (expresión de origen hinduista, precisamente, que significa que un estribillo se repite innumerables veces) de que quienes luchan contra cualquier tipo de injusticia son “terroristas” sólo tiene por objeto desacreditar a esos movimientos y ocultar que son los estados quienes utilizan el terrorismo con más frecuencia tanto en sus acciones de política interior como exterior. Hay quienes, como Paul Wilkinson, consideran que los primeros son “incorregibles” mientras que los segundos, los Estados, con “corregibles” (22).
Wilkinson es un occidental y decir que los Estados con “corregibles” teniendo ejemplos recientes de la matanza de Israel en Gaza, amparada y defendida por la totalidad de los gobiernos occidentales es hacer un acto de fe que no se corresponde en absoluto con la realidad. Y hay quienes, como el autor de este artículo, piensan que todo es interpretable y que si se hace un mínimo ejercicio de honestidad intelectual se verá que a la hora de analizar este fenómeno se está sujeto a los valores tradicionales, a los estereotipos, al ámbito cultural, al nacional y al ideológico, tal y como ha sucedido con la matanza de Gaza (diciembre de 2008-enero de 2009).
Se esté de acuerdo o no con las expresiones de violencia que existen hoy en India, hay que reconocer que tienen un caldo de cultivo no sólo histórico, sino actual porque el “envidiable desarrollo” que viene experimentando India en los últimos quince años, desde que se aplicó con la fe del converso la política económica neoliberal, está provocando un aumento aún mayor de las diferencias económicas y sociales que ya son insultantes.
Al igual que no se puede hablar de una India democrática sólo por el hecho de que cada cierto tiempo se convoquen elecciones (y sería otro tema de análisis el papel de los caciques, de los terratenientes, de la compra de votos, de la corrupción de la clase política, etc.) tampoco se puede hablar de una situación de violencia generalizada en todo el país. El único foco preocupante para el gobierno y sus aliados internacionales es el que representa la insurgencia maoísta en tanto en cuanto se extiende como una mancha de aceite por todo el país. Es una amenaza a largo plazo para el sistema capitalista indio que puede servir de catalizador en otros países dado que los naxalitas están coordinados a nivel regional y, tras la experiencia de sus correligionarios en Nepal –y aquí también sería interesante analizar el papel de India a la hora de moderar a los maoístas nepalíes, triunfadores en las elecciones que se celebraron en 2008 para evitar el ejemplo en su territorio-, se presentan como quienes enarbolan, sin concesiones, la bandera de la revolución política, social y económica.
La obsesión del gobierno de copiar la experiencia china con las Zonas Económicas Especiales intentando lograr un rápido desarrollo económico olvida que en China fue posible por la existencia de un poder centralizado que pudo imponer esta práctica sin contestación alguna. En India esto no es posible. El país, de estructura federal, tiene que negociar con los gobiernos de los Estados y en éstos hay tal diversidad cultural, étnica y religiosa que hace mucho más difícil ese intento.
Pero hay más. Las ZEE eliminan históricas conquistas sociales del movimiento obrero indio y la resistencia a su puesta en funcionamiento es grande. En un país donde el 90% de los trabajadores dependen de la economía informal, el renunciar al ejercicio de los derechos sindicales (como ha establecido el gobierno en las ZEE) significa más precariedad, más injusticia y más violencia. De hecho, la sindicación de los trabajadores si bien no está prohibida de derecho, sí lo está de hecho en estas ZEE puesto que los empresarios no contratan a quien esté afiliado a un sindicato. De ahí la exigencia de los naxalitas a las empresas que se encuentran en sus zonas de influencia: para continuar funcionando tienen que respetar escrupulosamente los derechos de los trabajadores y el ejercicio sindical.
En unos momentos en que arrecia la crisis económica a nivel mundial, la bandera que levantan los naxalitas es muy atractiva no sólo en India, sino en Bután y en otros países donde el despertarse un día no significa tener claro cómo se va a sobrevivir dado el altísimo nivel de miseria en que vive la mayoría de las poblaciones de esos países.
Por lo que al islamismo y al nacionalismo étnico se refiere tienen variaciones diferentes. El islamismo se puede convertir en un fenómeno pan-indio, con extensión en todos los países limítrofes, por lo que su efecto desestabilizador puede ser mayor a corto y medio plazo porque puede colocar a India al borde de la guerra con su tradicional enemigo, Pakistán. Atentados como los de Mumbai son una demostración de que ello es posible y nada muestra que este tipo de violencia se vaya a contener, sino todo lo contrario. Y el fundamentalismo hindú no ayuda a que esta espita, como la de una olla a presión, deje de sonar. Además, tras los atentados de Mumbai el gobierno ha puesto en marcha una ley antiterrorista que prácticamente hace sospechoso a todo el mundo que simpatice con los islamistas más radicales, con lo que se pone a toda una comunidad en el punto de mira de otra. Si vuelve a ocurrir algún ataque como el de Gujarat en 2002, el polvorín estallará sin la menor duda. El gobierno de India debe impulsar una política diferente respecto a la comunidad musulmana si quiere que el polvorín no estalle. Si enfrenta al islamismo militante como una simple lucha contra el terrorismo al estilo occidental, es decir, con medidas policiales y judiciales, tendrá la batalla perdida.
El resurgimiento del islamismo militante en India tiene mucho que ver, también, con el acercamiento estratégico que se ha producido en los últimos años con EEUU y, de forma especial, a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Para India, dichos atentados ponen de manifiesto que los enemigos de EEUU y de India tienen una misma casa matriz, y esa no es otra que Pakistán. O al menos, cuentan con un refugio seguro en territorio paquistaní. De ahí que el gobierno indio haya dado un paso más al firmar un acuerdo nuclear con EEUU que ha puesto en pie de guerra a la práctica totalidad de la sociedad india, incluida la derecha fundamentalista hindú por lo que entiende es una pérdida de soberanía. El partido del Congreso, hoy en el gobierno, tiene que lidiar con un sector social que le puede dar la espalda en las elecciones y eso está haciendo que haya perdido su característica de “nacionalismo tranquilo” de que había hecho gala y se haya convertido en otro partido de corte étnico y religioso más, cortejando de manera descarada a los fundamentalistas hindúes..
Este aspecto es utilizado por el independentismo de origen étnico. Los intentos de llegar a algún tipo de acuerdo con los grupos alzados en armas en la zona no han dado resultados y, tras la ruptura de las negociaciones entre el gobierno y el FULA en septiembre de 2007, no han hecho más que espolear a los grupos que reivindican la violencia o una amplia autonomía para sus territorios. Como en otras partes, en las zonas del noroeste, donde existe el sentimiento independentista, hay importantes recursos naturales que el gobierno no quiere dejar en manos foráneas, por lo que incentiva la presencia de “colonos” provenientes de otras zonas del país, lo que solivianta a los habitantes tradicionales, que ven en ellos una avanzadilla de la pérdida de su identidad nacional y de su modo de vida.
Estos tres factores hacen que en la India de hoy se pueda hablar de una situación de guerra de baja intensidad. Sólo una rectificación de las políticas que se impulsan desde Nueva Delhi podrá evitar que las tres rebeliones que se entrecruzan en el país adquieran características masivas. Y sólo la comprensión de que el concepto de paz tiene dos vertientes, una negativa (ausencia de conflicto) y otra positiva (resolución de las causas que dan origen a ese conflicto), puede llevar algo de justicia social a una sociedad convulsa. Es evidente que únicamente en el caso de la paz en su sentido positivo eso se puede lograr en India y en cualquier otra parte del mundo.
Nota:
(22) Paul Wilkinson, “Terrorism versus democracy”, Frank Cass, Londres, 2001
Alberto Cruz es periodista y politólogo. Este artículo será publicado en el número 6 de la Revista Humania del Sur del Centro de Estudios de África y Asia “José Manuel Briceño Monzillo” de la Universidad de Los Andes (Mérida - Venezuela) y forma parte de un libro de próxima publicación.