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lunes, 11 de mayo de 2009

EL "FRANKESTEIN" DE PAKISTAN


Pakistán se enfrenta a su "Frankenstein"
Islamabad.— Tras albergar a los talibanes durante más de una década y media, en Pakistán está aumentando la conciencia de que suponen una amenaza existencial para el país, para sus valores musulmanes —generalmente moderados— y la versión local de la democracia islámica.
Las fuerzas talibanes dejaron pasmados a casi todos —desde la élite gobernante hasta los grupos religiosos, desde los liberales hasta los conservadores— cuando el mes pasado se acercaron peligrosamente a la capital al controlar el cercano distrito de Buner. El empuje de los milicianos fue una clara violación del acuerdo de paz que firmaron en febrero con el gobierno en el vecino valle de Swat.
Tras el shock inicial, las tropas del gobierno entraron para reclamar el control de amplias franjas de los distritos montañosos de Swat, el Bajo Dir y Buner, donde los fieros combates desatados dejaron ya más de 350 milicianos muertos.
En un mensaje televisado durante la noche del jueves, el primer ministro Yousuf Raza Gilani hizo añicos el acuerdo de paz de Swat y ordenó formalmente a los militares que "eliminen" a los extremistas en la región noroccidental.
Nadie sabe cómo. "Toda la élite gobernante se está dando cuenta ahora que hemos creado una especie de monstruo de Frankenstein como el de la novela de Mary Shelley", dijo el famoso analista político y militar Hassan Askari Rizvi. "Pero nadie sabe cómo deshacerse de él desde que alcanzara un poder incontrolable por nuestros propios errores", señaló.
El país apoyó abiertamente el surgimiento talibán a mediados de los 90, en sus intentos de garantizar un gobierno pro-paquistaní en Afganistán tras la caída de la Unión Soviética a finales de los 80 y los combates entre varios grupos de muyahidines en los años siguientes.
Pakistán incluso les permitió secretamente establecer santuarios en su suelo cuando lanzaron su resistencia tras ser expulsados de Kabul por la invasión dirigida por EEUU en 2001.
Complicidad política. Durante ese período, todo político, ya fuera un liberal como la ex primera ministra Benazir Bhutto, o conservador como el actual líder de la oposición Nawaz Sharif, o el hombre fuerte militar y ex presidente Pervez Musharraf, pensó que los talibanes constituían un activo estratégico para defender la frontera oriental de Pakistán en caso de una guerra contra su enemigo tradicional, India.
Por eso hicieron la vista gorda con la ideología talibán basada en una estricta interpretación del islam y sus brutalidades cometidas contra los habitantes locales, al creer que todo aquello quedaría confinado a Afganistán o, como mucho, expandido a las áreas tribales paquistaníes. Los partidos políticos religiosos fueron incluso más ruidosos en su apoyo, ya que los veían como sus aliados naturales.
Bajo su política de autoderrota, a los talibanes se les permitió incrementar su número de combatientes, así como disponer de centros de entrenamiento y armas. Los militares actuaron en su contra, pero con poco entusiasmo cuando Occidente aumentó su presión sobre Islamabad.
Según un documento oficial clasificado que data de 2008, hay 17 grandes grupos de milicianos que operan en la región tribal de Pakistán y en la vecina Frontera Noroeste, que disponen de entre 61.375 y 94.000 guerrilleros bien entrenados y equipados, además de decenas de voluntarios suicidas. Cientos de rebeldes de otros grupos yihaidistas se encuentran también en Punjab, la provincia más poblada del país.