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lunes, 13 de abril de 2009

VECINAS INVICIBLES


Vecinas invisibles
• Las inmigrantes paquistanís hablan y se dejan retratar por primera vez
La mayoría no salen del barrio y limitan su relación "exterior" al contacto con los maestros y los médicos. Aunque apenas se las vea, en Catalunya cada vez hay más mujeres paquistanís. Y pensar que todas son sumisas campesinas es un error: muchas dominan el inglés, trabajan y quieren ir a la universidad. Por primera vez, hablan y se dejan retratar.Pese al crecimiento exponencial de la población de mujeres paquistanís (en 1996 solo había en España 427 y hoy ya son 6.175), son las más desconocidas de todas las extranjeras. Tanto, que se las etiqueta como las inmigrantes invisibles pues, en su mayoría, viven sumergidas en el gueto, un ecosistema cerrado que resulta cómodo a unas mujeres que se sienten abrumadas por una ciudad demasiado grande y una sociedad demasiado libre. El desconocimiento del idioma y las diferencias culturales cavan un foso que las aleja del resto de la sociedad.Ese peso es muy fuerte en las mujeres que vienen de zonas rurales con roles sociales muy conservadores. Es el caso de Shamem, que vino hace un año de Cachemira. Para llegar a su piso de Badalona hay que subir al último rellano de una degradada escalera donde la comunidad de vecinos se divide en dos: gitanos y paquistanís.Quieren quedarseUn delicioso aroma a guisos especiados ayuda a ir escalones arriba hasta casa de Shamem, donde mandan la hospitalidad y la tradición. Ella, tímida, se sienta con sus dos hijos. Junto a la ventana se sienta su hija. Es mayor que sus hermanos pero va rezagada en casi todo. Apenas habla castellano. Solo mira sin sonreír, como la imagen de un ser que se ha quedado en otro planeta. Al llegar con 18 años no ha podido escolarizarse, a diferencia de su hermanos. Sin poder trabajar ni estudiar, su horizonte único es su casa.En la mesa, junto al reportero, se sienta el marido de Shamem, al que no le importa que se haga una foto siempre que aparezca él con sus hijos. “Mi mujer y mi hija no salen. Qué iban a decir mis paisanos si se publica una foto de ellas y todo el mundo las ve”. Ese protocolo continúa durante la entrevista. El periodista pregunta a la mujer, pero esta calla y quien responde es su marido. Al final, solo se le arrancan tres frases sueltas: “He empezado a estudiar castellano”, “me gustaría trabajar” y “sé coser muy bien”.Esas mujeres solo tienen contacto con el mundo exterior cuando llevan a los hijos a la escuela. “No saber el idioma lo complica todo”, dice Nasima, una paquistaní que llegó en el 2005 y que aún precisa que sus tres hijos le traduzcan. Pese a la complicada situación del barrio, el hecho de que esté poblado masivamente por paquistanís hace que no quieran mudarse. “No quiero irme. Estamos a gusto con nuestros paísanos”, cuenta la hija de Nasima, que está a punto de volver a Pakistán a casarse. Es la suya una situación común entre las jóvenes paquistanís en Catalunya. Aunque viven aquí, su familia las promete con hombres en Pakistán, normalmente primos. Van, se casan y regresan dejando allí a su marido hasta que este viene por reagrupación.No son sumisasCreer que todas las paquistanís que viven en Catalunya son sumisas campesinas es un error. Entre ellas abundan las mujeres de ciudad, que hablan un correctísimo inglés y cuya mentalidad es mucho más abierta. Pero la barrera del idioma hace que la mayoría tampoco salgan del gueto. Ahí dentro es donde celebran sus reuniones y fiestas, pues es ahí donde están todas sus amigas. En la mayoría de los casos las únicas españolas que conocen son las profesoras de sus hijos.En el ambiente desenfadado de uno de esos encuentros y con la única mirada masculina de este periodista, que pudo asistir gracias a la confianza labrada en el colectivo por la fotógrafa Eva Parey, esas mujeres sacan su humor para explicar a las claras cómo ven a la sociedad española. “España me gusta porque la gente es amable, tiene palabra y es limpia”, cuenta Sara, que llegó hace seis años. Procedentes de un país sacudido por los atentados, aprecian la seguridad. “Aquí se puede vivir sin miedo”, afirma, y destaca el que a su juicio es el gran éxito del modelo social español: “Lo mejor es con diferencia la sanidad que existe aquí”.DesconcertadasEso sí, reconocen que muchos comportamientos de la sociedad catalana les desconciertan. “No concibo que la gente se bese en la calle; me escandaliza ver cómo visten, enseñándolo todo”, explica Anny, un invitada a casa de Sara, que explica que en la ciudad hay espacios vetados. “A la playa no vamos ni locas. Hay mujeres y hombres desnudos. Es un espacio prohibido”, sentencia. “Nosotras a la playa no vamos, pero los hombres paquistanís, sí”, dice otra de las asistentes, que estalla en una risotada contagiosa.Hay otras cosas que estas mujeres no comprenden. “No entiendo que se deje a las personas mayores en asilos. Ese modelo familiar es inconcebible para nosotros. Es la familia la que debe de cuidar de sus ancianos”, opina Anny.La moralidad tradicional levanta una barrera no solo entre ellas y el resto de la sociedad, sino también para sus hijos e hijas. “No toleraría que una hija mía se casara con una persona de aquí; antes me la llevo a Pakistán”, responde Anny. De hecho, las familias paquistanís pagan a profesores particulares para que den clases de estudios islámicos a sus hijos.Estudiar y trabajarSin embargo, esas nuevas generaciones buscan su espacio y su futuro, haciéndose visibles del mejor modo posible: mediante el estudio. Es el caso de Madiha Yousef, que trabaja duro para que su sueño se haga realidad. ¿Y cuál es? Ser farmacéutica. “Lucharé para tener la profesión que me gusta; sé que el futuro no es fácil y quiero estar preparada”, cuenta esta joven que va a ser de las primeras paquistanís en llegar a la universidad catalana.Madiha no debe enfrentarse solo a la dureza del estudio, sino también al qué dirán de paquistanís que ven mal que las mujeres trabajen. Prueba de ello es el caso de una joven paquistaní de Sant Roc que fue muy criticada por... ¡trabajar de cajera en un súper! Tanto, que tuvo que dejarlo. Ahora, en cambio, la crisis hace que muchos paquistanís acepten que sus mujeres salgan a buscar empleo. Eso sí, para que trabajen, los maridos ponen condiciones. No aceptan que sea de cara al público, deben trabajar solo con mujeres; si hay hombres, deben ser españoles y no paquistanís.Las trabas del amorMadiha cuenta con una gran ventaja: el apoyo de su familia. “Mi padre y mi madre están orgullosos de mi esfuerzo; todo lo demás me da igual”, explica esta decidida joven, que tiene claro que, pese a haberse criado aquí, su vida es distinta a la de las chicas catalanas. “Yo soy musulmana y voy a respetar siempre mi religión y el honor de mi familia. Hay cosas que no puedo hacer”, dice. “Mis compañeras de clase me piden que salga con ellas de noche. Pero eso yo no lo hago. Ir a una discoteca no va conmigo. Como musulmana, tengo otras maneras de divertirme. Nos reunimos en fiestas de mujeres, con amigas y familiares”.Valiente, no rehúye ninguna pregunta. Ni las relativas al amor. “Es imposible que me enamore de un español. Soy musulmana y ya estoy prometida. Cuando toque, iré a Pakistán y me casaré”. Pero antes están sus estudios. A quien le critica le responde con la frase que su tío Alí, el marido de Shenaz, dedica a los paquistanís conservadores: “Esto es Europa”.