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martes, 28 de abril de 2009

UN SUPERVIVIENTE


Baiba Wayam: «Tras cuatro años de viaje volver a India sería morir ¡y yo quiero vivir!»
¿Qué nos está pasando? El horror de Baiba, como el que sufren otros 53 indios que con él habitan en el monte ceutí que les cobija desde hace dos años, no escandaliza. Es la desidia que rubrica el tráfico de seres humano que mata y tortura
UN SUPERVIVIENTE
Cuando Wayam (1983) acabó Primaria en Punjab la enfermedad del padre le llevó a buscar en Europa el futuro para los suyos que no tenían en India. Dicen de él que la música que lleva en sus entrañas le ha salvado de perderse en el horror y la desesperación
-Pero hombre, no sabe que hay crisis en Europa; sólo en España, 4 millones de parados, y todos empeñados hasta las cejas.
-¿Crisis? Europa, para mí y los que están conmigo, es un sueño. Salí de la región india de Punjab en 2005. Allí vivía con mis padres, mi hermano y mi hermana. Mi padre, enfermo de las piernas, no podía trabajar, y mi trabajo como soldador, cantante o bailarín no daba dinero suficiente para pagar medicinas, estudios.... Escuchaba cómo amigos míos decían que en Europa había trabajo y buen sueldo...
-Y con quién contactó en Punjab para que le trajera a España.
-El objetivo no era España, sino Europa: Alemania, Italia... se decía que allí había futuro. Mi sitio estaba donde estuviera mi trabajo. Y en la ciudad punjabí de Chandegarh había un tipo, Kala, del que decían que metía gente en Europa. Me puse en contacto con él. Me pidió 10.000 euros. Era todo lo que tenía mi familia y todo lo que pude reunir de amigos, parientes... Luego, en el viaje tuve que dar otros 3.000 por mi vida.
-Tardó dos años en llegar a Ceuta.
-El agente de Punjab me proporcionó a mí y a otros 15 más un vuelo desde Nueva Delhi que aterrizó en África. Llegamos a Burkina Fasso y allí, en una ciudad llamada Ouagadougou, esperamos un mes en la casa de la mafia. Apenas nos daban de comer, nos robaron todo , desde el dinero hasta el pasaporte, así que ni siquiera podíamos salir. Luego, Mali, en autobús, con pasaportes falsos. En la ciudad de Gao estuvimos otros dos meses, sin poder lavarnos, sin luz... No sabíamos qué iba a ser de nosotros... Recorrimos pueblos del Sahara y llegamos a Argelia, a la ciudad de Ghardaia, donde la policía militar nos detuvo, nos mandó a la cárcel y nos deportó a la frontera entre Mali y Argelia. Tras pasar por unas celdas donde había internos negros y árabes que orinaban en el mismo sitio donde dormíamos, nos pusieron en libertad y volvimos a empezar el camino con sobornos a la policía. En total, fui deportado dos veces en Argelia y otra en Marruecos. Ya en este último país, un árabe, por un pago de 3.000 euros que me mandaron desde Punjab, me pasó en el cubículo de los altavoces de un coche. Llegué a Ceuta en diciembre de 2006. Y desde hace año y medio, después de pasar por el Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes, vivo con otros 53 indios en el monte para que no nos deporten a India, que es lo que le ha dicho que nos harán el delegado de su Gobierno al Comité Indio.
-¿Cómo es el rostro de un traficante de personas?
-Tiene muchos. La cara de la mentira que te vende nueva vida pero te roba la identidad de nuestro pasaporte, el del tipo que cuando tienes sed te da agua en el bidón de la gasolina y el del que para comer te da un cuenco de arroz con tierra al día. El del que ve cómo nos morimos y no se conmueve ante las súplicas... ¡Cómo explicarle con palabras tanto dolor! Vi morir a tres chicos. Cuatro, horrorizados, regresaron.
- ¿Y esas cicatrices en su cuerpo?
-En Marruecos, en la ciudad de Oujda, uno de los tipos que nos vigilaban las 24 horas del día me pidió más dinero. ¡No podía darle más! Así que simplemente usó su machete.
-¿Todo eso no bastó para volver?
-¡Pero si ya no tengo nada! Mi familia lo vendió todo... Llevo cuatro años tratando de llegar a Europa, sobrevivo con los céntimos que me dan aparcando coches a la puerta de los mercados de Ceuta, pendiente de la policía... Padres y hermanos confían en que lo logremos. Ellos nos preguntan ¿cuándo llegaréis? Ya estamos en la última frontera. Volver sería morir. ¡Y yo quiero vivir!