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lunes, 13 de abril de 2009

BRUSELAS NOS AFECTA A TODOS


Lo que se decide en Bruselas afecta a nuestra vida personal
En una entrevista para la revista Huellas (marzo 2009), Marta Cartabia, profesora de Derecho Constitucional en la Universidad de Milán-Biccoca, se refiere a la forma en que la Unión Europea se ha transformado en un enorme aparato burocrático cuyas competencias parecen reducirse cada vez más a temas técnicos. Pero la realidad es que esta superestructura influye sobre la vida de cada europeo.
En Bruselas decidimos todos
La mayoría de las leyes nacionales –señala la profesora Cartabia– son ya ejecuciones de normativas europeas, en muchos casos los jueces nacionales aplican directamente el Derecho europeo y cada vez más el Parlamento Europeo se pronuncia sobre asuntos sociales. Europa, de una forma u otra, sienta principios que después pesan –y mucho– a la hora de decidir si se reconocen las parejas de hecho, se aprueba la eutanasia o se mantienen los crucifijos en los colegios.
Algo, pues, se ha desnaturalizado: “No es la Europa que soñaban los padres fundadores: es una Europa técnica que, sin embargo, no se limita a cuestiones técnicas, puesto que interviene en terrenos reservados a la vida de las personas”. La experta jurista advierte además que la política comunitaria establece un sistema de influjos mutuos entre los distintos países, incluso en temas que son de competencia nacional: “Se dice, por ejemplo, que si en otros países hay ya de alguna manera un reconocimiento jurídico del matrimonio entre homosexuales, ¿por qué un homosexual que se casa en España y después viene a vivir a Italia no tiene derecho a que su matrimonio se le reconozca? El principio de no discriminación, unido a la libre circulación –que es uno de los cimientos de la Unión Europea–, presiona con fuerza las políticas familiares de los distintos Estados”.
Igualitarismo ciego a las diferencias
Para Cartabia, también el principio de no discriminación ha sido absolutizado en las políticas de la UE. En realidad, dice la catedrática, se trata de una “reformulación” del concepto de igualdad: “Cuando se habla de ‘no discriminación’ se propugna una forma de igualitarismo ciega a las diferencias” –advierte Cartabia. “Mientras que la tradición de los países europeos, al contrario, siempre ha sido capaz de conciliar diferencias e identidades, porque reconocía una naturaleza humana común. ‘Unidad en la diversidad’ era el lema propuesto para la Unión Europea. Los organismos estatales siempre debían tratar de defender, hasta donde les era posible, las diferencias, sin convertirlas en una forma de exclusión. Para la Europa actual, en cambio, no discriminar significa tratar a todos de la misma manera”.
El despego de la realidad y el mero formulismo dogmático de las declaraciones de principios han llevado, según dice la entrevistada, a vaciar de contenido muchos valores que no pueden crearse con un simple trámite. Así, aunque Cartabia reconoce la necesidad de empeñarse en la lucha contra la discriminación, advierte que “los derechos de los ciudadanos europeos, en los que tanto énfasis se puso en la época de Maastricht, tienden a extenderse sin distinción alguna a todos los extranjeros presentes en el territorio, a través de una serie de decisiones jurisdiccionales. Del vínculo que supone la pertenencia a un pueblo, se pasa a la idea de que la mera residencia te hace titular de derechos”.
Libertad reducida a autodeterminación
Para Cartabia, también la idea de libertad “reducida a autodeterminación” es el desarrollo de una ideología construida sobre reivindicaciones que privilegiaban el derecho a la intimidad: “sobre este aspecto sólo decido yo”.
Limitada, entonces, a su aspecto reivindicativo, la relación con lo público se transforma en una pura solicitación: “Todo se convierte en derecho. Los derechos proliferan y se convierten en un concepto trivial: el Estado debe asegurar todo lo que uno desea. Como si pudiéramos disponer de la vida y la salud a nuestro antojo y la vida fuese objeto de nuestras pretensiones”.
A propósito del modo que ha encontrado la legislación europea para encajar el hecho religioso en el orden que ha construido, Cartabia afirma que “se sostiene la idea de que las sociedades son democráticas sólo si confinan el hecho religioso a un ámbito puramente privado. Fíjese en el asunto del velo en Francia, que precisamente el otro día casi llegó al colmo del absurdo: obligaron a un sikh a hacerse la foto del carné de conducir sin turbante porque sería un símbolo religioso”.
Para la profesional del Derecho Europeo, “es la ausencia de debate público la que lleva a esos extremos”. La solución que postula, entonces, depende de poner las cartas boca arriba con una honesta disposición a razonar: “No se trata de librar la batalla de los valores católicos contra los valores laicistas, sino de volver a comenzar desde una capacidad cognoscitiva. Hay que librar la batalla en el campo del conocimiento, antes que en el ético. Cuantos más datos de la realidad tengamos, mayor capacidad de conocimiento profundo de ella podremos alcanzar”.