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lunes, 12 de enero de 2009

HISTORIA DE DIAMANTES FAMOSOS


HISTORIA DE ALGUNOS DIAMANTES FAMOSOS
Los diamantes son para siempre
Un diamante se puede formar en el interior de ciertas estrellas, o aquí en nuestro planeta, a grandes profundidades bajo la corteza, en condiciones de presión y temperatura bastante exactas. De ahí sube a la superficie con las erupciones volcánicas, y se lo suele retirar de en medio de un barro azulado. Pero por todo lo que las personas han hecho o dejado de hacer para conseguirlo, es a veces fácil olvidar de que se trata de una simple piedra.
Este diamante que Richard Burton le regaló a Elizabeth Taylor en 1969 fue el primero que se vendió por más de 1 millón de dólares.
En 1851, un joven de 13 años entregaba a la reina Victoria de Inglaterra una pequeña piedra de tan solo 38 gramos, pero de un brillo, transparencia y dureza muy particulares. El chico se llamaba Dhulip Singh y era el último Maharaja del Imperio Sikh, en el Subcontinente Indio. Decía que la piedra era un regalo, muy especial por cierto, pues se trataba nada menos que del mayor diamante del mundo. Esa piedra había sido descubierta en la India, probablemente en la región de Golconda, alrededor del siglo 15. Había sido tallada a la manera hindú, con el fondo plano y la parte superior en forma de bóveda. Se decía que su precio solo podía medirse en términos de lo que la Humanidad entera producía en un día. Durante su historia, había tenido muchos dueños, todos personajes poderosos. Uno de los primeros había sido el emperador Humayun, que cuando un gobernante al que le pidió asilo le insinuó que le diera la piedra a cambio, él le respondió: “Gemas como esta no pueden ser compradas: o bien caen a uno por la arbitrariedad de la centelleante espada, (…) o de otra manera vienen a través de la gracia de un poderoso monarca”. Fiel a esas palabras, el conquistador Nadir Shah, luego de marchar triunfante sobre la ciudad de Delhi en 1738, exigió que el dueño de la gema en aquel momento, Mohammed Shah, le entregase el famoso diamante del cual había oído hablar. Este se negó, hasta que alguien de su harén confesó que estaba en el turbante del mismo. Nadir Shah se llevó la prenda de vestir a otro recinto, y al desenvolverlo en presencia de sus subordinados, quedó tan maravillado por lo que vio que exclamó: “¡Montaña de luz!”. Desde entonces se lo conoce con ese nombre, “Koh-I-Noor” en persa.
El Cullinan fue el diamante más grande jamás encontrado, con 3106 quilates (621 gramos). Infelizmente, tenía muchas imperfecciones internas, por lo que hubo que partirlo en 9 pedazos principales.
Uno de los últimos en adquirir el famoso diamante fue el Gobernador General de la India Lord Dalhousie, quien luego de la conquista británica de lo que hoy es la ciudad paquistaní de Lahore, exigió como uno de los términos de rendición que el Koh-i-Noor pase a manos de la reina de Inglaterra. “Es más honor para la Reina que el Koh-I-Noor sea entregado directamente de la mano del príncipe conquistado a las manos de la soberana que fue su conquistadora”, recomendó este “ceremonioso” político. En realidad, cuando el diamante más grande del mundo fue presentado al pueblo británico durante la Gran Exhibición de 1851, en Londres, no entusiasmó demasiado a la gente, que lo creía más brillante. Para remediar esto, el príncipe Albert, esposo de la reina Victoria, lo mandó tallar de nuevo, perdiéndose en el proceso más del 40% de su peso pero ganando mucho en fulgor. Se guarda hoy en la Torre de Londres, de donde salió por última vez (engarzado en una corona) en 2002 para honrar el ataúd de la fallecida Elizabeth I, la Reina Madre. El Azul de Hope Este diamante aparentemente comenzó como “El Azul de Francia”. Extraído de las minas de Kollur, en la India, en fecha desconocida, llegó a Francia de manos del mercader Jean-Baptiste Tavernier. El rey Luis XIV se interesó por él y lo compró, aún como piedra bruta. La mandó tallar en forma de pera triangular, quedando con un peso bruto de 67 quilates (13 gramos). Con la Revolución Francesa en 1789, desapareció junto con muchas otras joyas reales. Oficialmente nunca más se lo volvió a ver, pero coincidentemente, un día después de cumplirse los 20 años de su robo, estando el delito prescripto, apareció en Londres un raro diamante azul de 46 quilates (9 gramos). Modernos estudios de la manera en que fue cortado sugieren que esta nueva piedra es un retallado del famoso Azul de Francia, habiendo sufrido esta “cirugía” con el propósito de esconder su verdadera identidad. Fue comprado por Henry Hope, y pasó a sus descendientes, incluyendo a la actriz May Yohe. Al comienzo del siglo 20 fue vendido nuevamente y llevado a los Estados Unidos. Entre 1920 y 1921, May Yohe creo una atracción cinematográfica titulada “El misterio del diamante Hope”, contando supuestamente la historia del mismo, incluyendo algunas desventuras de sus ex dueños que hacen a uno concluir de que está embrujado. Sin embargo, no existen referencias de que los supuestos detalles históricos que aparecen en la obra hayan sido verdaderos. De cualquier manera, en 1949 fue comprado por el joyero Harry Winston, quien final y desinteresadamente lo donó al Museo Smithsoniano de Washington, DC. Allí reside hasta hoy, expuesto a la curiosidad del público. El Amarillo de Tiffany Durante siglos, las únicas minas conocidas de diamantes estaban en la India, pero en 1725 se encontraron diamantes en Brasil, y luego en 1867 en Sudáfrica, que pronto se convertiría en el principal productor a nivel mundial. Una de las más bellas piedras a salir de ahí es el Amarillo de Tiffany. Diamantes amarillentos son comunes y no tienen tanto valor, pero este es de un color amarillo intenso. Fue encontrado cerca de 1878, en la parte de la mina de Kimberly, Sudáfrica, perteneciente en aquel entonces a la Compañía Francesa de Diamantes del Cabo. Fue llevado a París, donde la piedra bruta fue tallada por George Kunz hasta dársele 90 caras diferentes, lo que le dio un brillo como de fuego. Lo compró Gideon Reed, en nombre de la joyería Tiffany’s de New York. Una vez en América, fue expuesto en la joyería neoyorquina y pronto este diamante de 129 quilates (26 gramos) se hizo muy famoso. En algún momento se le colocó un precio de 5 millones de dólares, pero nunca fue vendido. Sólo fue usado, a préstamo, por dos mujeres: una de ellas fue la esposa del embajador y senador estadounidense Sheldon Whitehouse; la otra mujer que lo lució fue, por supuesto, la actriz Audrey Hepburn, en 1961, durante la promoción de la película “Desayuno en Tiffany’s”. Este diamante ha adquirido un simbolismo tan especial para la joyería que se dice que una vez un nuevo vendedor le preguntó al gerente qué premio le darían si vendía el Amarillo de Tiffany. La respuesta fue contundente: “Será usted despedido”. El Cullinan Una tardecita de 1905, el superintendente de la mina Premier, situada 40 km al este de Pretoria, Sudáfrica, estaba haciendo su ronda rutinaria en el gran pozo a cielo abierto que constituía la mina. De repente, algo llamó su atención: había una cosa brillando en la pared del pozo, un poco por encima de su cabeza. Estiró el brazo y arrancó del barro una impresionante piedra del tamaño de su puño. Al principio pensó que eso solo podría ser vidrio, pero unos rápidos análisis en la oficina de la mina demostraron que estaban ante el diamante más grande jamás encontrado, con unos sorprendentes 3106 quilates (621 gramos). Fue bautizado como Cullinan, en honor al dueño de la mina, y llevado a Amsterdam, Holanda, para ser tallado. Infelizmente, estaba lleno de fisuras, por lo que el tallador Joseph Asscher recomendó partirlo en varias gemas. El pedazo más grande, separado inicialmente con una cuña especial y un golpe de martillo (!), se llamó “La Estrella de Africa” y fue regalada al rey Edward VII del Reino Unido, quien la colocó en el cetro real británico. En total, del Cullinan se tallaron 9 diamantes principales (todos orgullosamente entre las Joyas de la Corona) y 96 diamantes menores. El Taylor-BurtonLos diamantes han sido siempre compañía constante de la realeza. En el mundo democrático y capitalista de hoy, la realeza ha sido suplantada por los grandes industriales, financistas, deportistas y gente del entretenimiento. Dos de esas figuras, radiantes por derecho propio, son Elizabeth Taylor y su quinto marido (y también sexto), su colega de escena Richard Burton. La Cleopatra de Hollywood era tan aficionada a los diamantes que inclusive llegó a escribir un libro sobre su relación con ellos. Es así que cuando en 1969 la casa Parke-Bernet Galleries de New York anunció que saldría a subasta un enorme diamante incoloro de 69 quilates (14 gramos) descubierto hacía poco en la mina Premier, de Sudáfrica, el señor Burton apareció en la lista de ofertantes. La base de venta, inicialmente fijada en US$ 200.000, subió escandalosamente hasta que sobrepasó la barrera de los US$ 1.000.000, un precio nunca antes visto en una sala de subastas por un diamante. Pero cuando el martillo cayó, los derechos de decidir qué mujer lo usaría no quedaron en manos del desconcertado actor británico: la joyería Cartier había ofrecido más. Pero días después, Richard Burton llamó al intermediario desde un teléfono público de un elegante bar en el sur de Inglaterra, y estalló: “¡No me importa lo que cueste, vaya y cómprelo!”. El precio final nunca se divulgó; lo único que declaró la Casa Cartier fue: “estamos muy felices de que la señora Taylor esté muy feliz”.