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domingo, 7 de diciembre de 2008

TODO CAMBIA...ESPECIALMENTE EN INDIA

TODO CAMBIA...ESPECIALMENTE EN INDIA
La primera vez que viajé a la India, a comienzos de los 80, la única forma de terrorismo parecía surgida de una novela de Kipling. Tras la masacre dictada por Indira Ghandi contra los sijs, éstos «secuestraban» algún autobús de turistas y te contaban su vida como si fuera algún capítulo perdido del Libro de la Selva. Por supuesto, podías moverte con entera libertad por el Punjab, y recuerdo una estancia paradisíaca en una de las casas flotantes del lago Dahl, en el corazón de Cachemira.
Veinte años después, toda esa escenografía había mutado drásticamente. La secesión larvada de Cachemira, con un clima de guerra civil encubierta, había cerrado la frontera del noroeste. Todavía podías bajar sin demasiadas cautelas hasta Bombay, pero mientras contemplabas todos los rostros del subcontinente a bordo del viejo Ranjit Express advertías una contradicción preocupante entre la India oficial de la primera explosión económica y la realidad social de sus inmensas conurbaciones de marginalidad, donde predominaba la mayor minoría musulmana del mundo, con más de 130 millones de creyentes.
Poco después, en 2006, una guerrilla musulmana autodenominada El Ejército de los Piadosos -Lashkar-e-Toiba-, hizo saltar por los aires tres ferrocarriles en Bombay, dejando más de doscientos cadáveres entre los raíles. No obstante, la primera plana del Foreing Affair, la célebre revista de política internacional, dedicaba un entusiasta monográfico al despegue de la India: «La Bolsa de la India bate un récord tras otro impulsada por la masiva entrada de capital extranjero y la pujanza de la economía nacional. Tanto es así que el mercado de valores de Bombay se ha convertido en uno de los más rentables del mundo. Su principal indicador ha subido un 40% en lo que va de año, y el pasado jueves cerró a su nivel más alto de la historia, por encima de los 18.000 puntos».
No era preciso ser un Le Carré para advertir una disonancia entre tanta euforia financiera y aquellos atentados. Los cabecillas del Lashkar-e-Taiba habían centrado en su punto de mira esa Bombay que se alzaba como la gran capital financiera del país, igual que Nueva York, Madrid o Londres -casualmente, las tres ciudades masacradas con anterioridad por el fundamentalismo islámico.
Pese a las similitud de sus objetivos, en principio, los terroristas del Ejército de los Piadosos, no tenían una relación directa con la red Al Qaeda. Surgieron en Pakistán con la idea de combatir la «ocupación» india de Cachemira y liberar a sus «hermanos musulmanes». Pese que el general Musharraf prohibió sus actividades en 2002, sus muyahidines siguieron sembrando el terror en Cachemira y en el mismo Pakistán. De hecho, este mismo año, hace apenas tres meses, hicieron estallar un camión bomba ante las puertas del hotel Marriott, en Islamabad.
Resulta preocupante que las autoridades indias no supieran advertir la posibilidad de que esta tragedia se repitiera en tierra propia, y significativamente en la emblemática y ya sobradamente amenazada Bombay. El desasosiego crece bastante si recordamos que tanto India como Pakistán son dos potencias nucleares con gravísimos problemas de seguridad. Y el panorama empeora si hacemos un poco de prospectiva sobre la bola de cristal.
En un mensaje emitido a través de Al Jazeera en abril de 2006, Osama bin Laden hizo por primera vez una referencia a la India, aludiendo a una presunta «guerra de cruzados, sionistas e hindúes contra los musulmanes». Fue su manera de anunciarnos que Al Qaeda había decidido abrir el frente oriental en su Yihad global. De ahí en adelante, no sólo los fanáticos del Lashkar-e-Toiba, sino una galaxia de pequeños movimientos islámicos indios ha comenzado a abrazar la causa del terrorismo a favor de sus hermanos cachemires y en contra de la opresión de los hindúes. Con este segundo bombardeo de Bombay, el temido choque de civilizaciones ha comenzado a extenderse por el Oriente hacia esa India que una vez fue Dar-el-Islam, Tierra del Islam.
Tras descoyuntar Pakistán, y ahora la India, la estrategia de Bin Laden golpea en el fragilísimo puente sobre aguas turbulentas recién tendido entre ambos países. No en vano, en su primera alocución el primer ministro indio, Manmohan Singh, señaló que los terroristas «venían de fuera» -es decir, de Pakistán- y acto seguido, el oficialmente declarado «proceso de paz irreversible» entre ambos países, ha entrado en un evidente proceso de reversibilidad. Malo para los dos, pues la resolución del conflicto de Cachemira es esencial para la normalización pakistaní, mientras que no hay mayor pesadilla para el gobierno hindú que la proliferación de una nueva generación de terroristas indo-musulmanes.
Si todavía queda por ahí algún ingenuo que se atreva a pensar que nosotros lo tenemos mejor, siento precipitar su despertar. Pues en esa misma India donde 130 millones de musulmanes se sienten oprimidos por un modelo de cultura brahmánica, la nostalgia por la pérdida de poder que los sultanes islámicos ostentaron durante siglos tiene un nombre que nos toca muy de cerca. Se llama «Síndrome de Al-Andalus», y es una reminiscencia de la obsesión por la pérdida de la España califal fuertemente arraigada en la psique de las elites musulmanas de todo el mundo. Su sueño menos delirante es la instauración de una especie de «Califato Mundial» regido por los principios de la Sharia, donde España sería su frontera norte. De pronto, Euskadi se convertiría en el eje de la «Alianza de Civilizaciones», y nuestro «contencioso» ancestral quedaría resuelto para siempre una sencilla ecuación de turbante y burka para todos, incluida la fallida fusión de las cajas vascas, que no vacilarían en refusionarse con las saudíes.
Ironías al margen, lo cierto es que el panorama pinta bastante desolador. Los atentados de Bombay suponen una vuelta de sangre más en esa espiral que comenzó con el 11-S en Nueva York, y siguió con el 11-M en Madrid, cuya presencia se vuelve más temible cuanto más crece el arco de influencia de la red Al Qaeda, pese a todas las medidas disuasorias implementadas a lo largo y ancho del planeta, y tras librar dos guerras catastróficas contra Irak y Afganistán.
Tanto en el plano regional, como en el nacional y en el transnacional, hemos entrado de lleno en la Era de la Inseguridad. Y no por tener un grave problema político y económico en casa, dejamos de estar amenazados por esa otra sombra sanguinaria que se cierne sobre todas las sociedades del Bienestar, con un Corán muy mal leído bajo el brazo.