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jueves, 4 de diciembre de 2008

EL NEO-NAZISMO HINDU

Las ideologías en pugna con la historia
2008 - Número 9 Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura
A principios de este decenio, se alzó en la India la voz de una mujer contra el fundamentalismo hindú que exalta la superioridad aria. Esta mujer, que ha logrado hacerse escuchar, se llama Romila Thapar. Es una célebre historiadora que nos explica cómo las identidades imaginarias basadas en argumentos pseudohistóricos pueden llegar a atentar contra los derechos humanos.
Romila Thapar, profesora emérita de historia en la Universidad Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi, es una de las más reputadas especialistas mundiales de la India antigua. Su obra más importante, “Historia de la India. Volumen I”, se viene reimprimiendo sin interrupción desde que se publicó por primera vez en 1966. La Doctora Thapar, que se dedica a la interpretación de los textos antiguos de la India a la luz de nuevos enfoques, ha ejercido la docencia en instituciones de enseñanza superior de máximo prestigio, como las universidades de Oxford, Cornell y Londres, y el Colegio de Francia, en París. En su país ha tomado parte activa en los debates públicos sobre la verdad histórica, la identidad política y la reforma social. Entrevista realizada por Shiraz Sidhva, periodista india. Usted se ha opuesto vigorosamente al propósito de utilizar la historia en apoyo de las ideas del nacionalismo religioso, como intentó hacerlo el partido derechista hindú Bharatiya Janata (BJP) cuando ocupó el poder entre 1998 y 2004. Se dio entonces una tentativa de reescribir los manuales escolares de historia. ¿Qué repercusión tiene en los derechos humanos esa reescritura de la historia en apoyo una ideología política actual? Ante todo, quiero dejar bien claro que yo me he opuesto a un gobierno concreto, el dirigido por el BJP, y a la imposición de la visión que el movimiento Hindutva tiene de la historia de la India, pero nunca me opuesto a los demás gobiernos que han dirigido el país. El grupo de presión Hindutva, que está empeñado en modificar los manuales escolares, profesa un ultranacionalismo hindú derechista –a menudo calificado de fundamentalismo– e intenta propagar las ideas del revisionismo histórico en las aulas y en el discurso político. Su organización matriz, el Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS, “Cuerpo Nacional de Voluntarios”), tiene un programa político inequívocamente fundamentalista. El RSS y su brazo político, el BJP, derrotaron a los laicos moderados y se hicieron con el poder explotando el sentimiento nacionalista hindú. En los últimos veinte años, el RSS ha estado implicado en varios incidentes violentos importantes provocados por motivos religiosos. Las polémicas sobre mi labor de historiadora giran en torno a algunos libros de texto que escribí para la enseñanza secundaria, en los que refería la vida de los arios tal y como nos la dan a conocer los textos védicos. Mencionaba, por ejemplo, el hecho de que los indios de tiempos pretéritos consumían carne de vaca, lo cual está claramente consignado en los Vedas y, además, ha sido corroborado por las excavaciones arqueológicas. Los extremistas hindúes, que ensalzan la sociedad aria presentándola como el modelo ejemplar de la India antigua, no admiten ningún juicio crítico sobre ella. Cuando formularon objeciones contra esa y otras aserciones mías, yo presenté datos extraídos de los textos que confirmaban su veracidad. Pero ellos siguieron insistiendo en que no se debía decir a los niños y los jóvenes que los antiguos consumían carne de vaca. Mi respuesta fue que era más correcto, desde un punto de vista histórico, explicar a los escolares por qué en un principio se comía esa clase de carne y cómo después se prohibió su consumo. Aunque los ataques contra mí fueron particularmente violentos, no fui la única en sufrirlos. También se atacó a unos seis o siete historiadores más, que eran autores de libros de texto publicados anteriormente, así como a muchas otras personas que protestaron contra los cambios efectuados en los planes de estudio y manuales escolares por el gobierno de ese entonces, sin que éste hubiera consultado a los organismos de educación llamados a emitir el correspondiente dictamen. El gobierno llegó a calificarnos de antihindués y, por ende, de antiindios, antipatriotas y traidores. La supresión de una serie de pasajes de nuestros libros y la proscripción de toda discusión sobre el contenido de los mismos suscitó, por supuesto, toda una serie de controversias sobre los derechos de la persona y la ética de las instituciones gubernamentales.
Algunos indios residentes en Estados Unidos también protestaron con gran virulencia cuando la Biblioteca del Congreso la designó a usted en 2004 para ocupar la recién creada Cátedra Kluge de Países y Culturas del Sur. ¿Qué pasó luego con esas protestas? ¿Se revisaron de nuevo los libros de texto cuando el Partido del Congreso sucedió en el poder al BJP en Nueva Delhi?
La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos rechazó sin la más mínima vacilación las presiones que trataron de ejercer el movimiento Hindutva y sus partidarios en Estados Unidos para anular mi nombramiento. Esas presiones se fueron desvaneciendo poco a poco, pero los insultos en Internet y por correo electrónico no disminuyeron en lo más mínimo. Cuando el Partido del Congreso volvió al poder en 2004, decidió suprimir todos los libros de texto publicados anteriormente, tanto los que habíamos escrito nosotros mucho tiempo atrás, en los decenios de 1960 y 1970, como los que había elaborado el gobierno del BJP justo antes de su caída. Las autoridades encargaron la preparación de nuevos libros de texto, que son los ahora se usan. Difieren de los que nosotros habíamos escrito anteriormente y tienen en cuenta nuevos centros de interés de la historia como disciplina de estudio, pero no promueven la ideología extremista del movimiento Hindutva. Lo más inquietante es lo que pueda ocurrir si el BJP vuelve al poder dentro de 12 meses, en las próximas elecciones. ¿Modificará una vez más los libros de texto? Me siento preocupada por los escolares que tienen que examinarse de esta disciplina y tanto necesitan sus manuales de historia. Si aceptamos que el programa y las ideas un determinado grupo religioso se enseñen en las escuelas públicas, se abrirán las puertas para que cualquier otro grupo haga lo mismo. En nuestra condición de docentes, debemos efectuar una distinción entre la historia, que cuestiona nuestros conocimientos actuales sobre el pasado cada vez que es necesario, y la fe religiosa, que acepta incluso los mitos. Entre una y otra debe mantenerse una línea divisoria. La primera constituye el ámbito del historiador y la segunda el del sacerdote.
Muchas atrocidades perpetradas en estos últimos años contra los derechos humanos en todo el mundo han tratado de buscar una legitimidad en la historia, so pretexto de corregir los yerros del pasado. ¿Cómo se puede evitar esto?
Hoy en día, los partidos políticos recurren mucho a las ideologías y la historia porque una gran parte de la política actual está condicionada por identidades imaginarias, ya sean raciales, religiosas o de cualquier otro tipo. Es evidente que estamos ante una construcción de identidades que se proyectan en el pasado, pero que en realidad emanan de las preocupaciones del presente. Cuando esas identidades imaginarias pasan a formar parte de las ideologías políticas lo más probable es que entren en pugna con la historia. Esa pugna lleva también a forjar el concepto de una supuesta cultura nacional, o mejor dicho la Cultura Nacional, con mayúsculas. Esa cultura no se puede cuestionar y si alguien se atreve a ponerla en tela de juicio se convierte de inmediato en traidor a la patria. En general, suele ser un rasgo único y cuidadosamente escogido de la cultura más extendida el que se pone en primer plano y se exagera. Esto propicia la exclusión potencial de otros ciudadanos por motivos religiosos, raciales o lingüísticos, o por cualesquiera otras características identitarias que se estime conveniente. Esto es sumamente nocivo en el plano de los derechos humanos, porque se da prioridad a algunos grupos y sus culturas en detrimento de todos los demás. ¿No es peligroso que los que ejercen el poder crean que pueden reparar los yerros del pasado? Esto es algo muy corriente. En el caso de la India tenemos el ejemplo de la destrucción en 1992 de la mezquita de Babri Masjid, situada en Ayodhya, al norte del país. Este monumento del siglo XVI fue arrasado por una facción política hindú, conducida por dirigentes del BJP, que pretendían vengar así el ataque de Mahmud de Ghazni contra el templo hindú de Somnath y reparar así un yerro histórico. Ante todo, cabe interrogarse por qué haber esperado mil años para desquitarse de ese agravio, si lo que se pretendía efectivamente era vengarse de Mahmud de Ghazni. Pero todavía es más importante preguntarse cómo un acto semejante podía reparar un yerro del pasado. ¿Cuál fue el resultado de la destrucción de la mezquita de Babri Masjid? No cambió ni un ápice nuestra lectura de la historia, pero en cambio provocó una matanza de musulmanes en el Estado de Gujarat y toda una serie de atentados con bombas en las ciudades más importantes del país. Así pues, si el argumento invocado fue la necesidad de reparar los agravios del pasado, lo menos que puede decirse es que es imposible repararlos de esa manera. Como quiera que sea, ese argumento es estúpido porque el pasado es lo que ocurrió, y lo ocurrido ya no se puede cambiar. Por eso, reparar las injusticias del presente es mucho más importante que obstinarse en insistir en los yerros del pasado.