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sábado, 8 de noviembre de 2008

LA GENERACION X AL PODER


Generación X al poder
Obama ha conseguido movilizar y aglutinar el voto de una juventud descreída, sin complejos, socialmente distinta; sin interés por la política y fóbicos a cualquier clase de compromiso
Barack Obama ha arrasado entre el voto joven. Se dice que Barack Obama puede llevar a la Generación X al poder o por lo menos a interesarse mucho más por la política. ¿Pero qué se entiende exactamente por Generación X? Dicen los gurus posmodernos que la que vivió su infancia en los 70 y la adolescencia en los 80. Gente que se encontró hecha la revolución del 68, que da por descontadas ciertas libertades y cierto bienestar económico, acostumbrada a pasar sin despeinarse de la tele en blanco y negro al Iphone y a escuchar música «indie» y punk-rock de Nirvana.
Precisamente el suicidio del líder de Nirvana, Kurt Cobain, marcaría el principio del fin sociológico de esta generación. Así lo cree el escritor canadiense Douglas Coupland, nacido en 1961, como Obama, y autor de la novela donde por primera vez se acuña el concepto Generación X. Cuya característica más fascinante -e inquietante- sería su marcado descreimiento frente al misticismo de los «baby boomers» de la generación precedente.
Materialistas, narcisistas...
Estos fueron creyentes apasionados en casi todo: en Dios o en su ausencia, en la política como arma de transformación radical del mundo, en que el «flower power» podía parar tanques y cañones y en el poder redentor de las drogas y del amor. Es una generación entregada a sus grandes sueños. También a sus grandes dogmas.
El alcalde de Newark o el gobernador republicano de Luisiana son otros exponentes
Frente a ellos los X son o parecen: materialistas, narcisistas, tan ahítos de libertad que no necesitan largarse de casa de los padres sino que viven a su costa hasta la treintena o la cuarentena, culturalmente livianos, socialmente distantes, políticamente inapetentes. Fóbicos a cualquier clase de compromiso.
Ésta es la clase de gente que súbitamente ha dejado de lado tanta apatía para secundar con fervor la cruzada de Obama. No sólo le han votado sino que han alimentado sus huestes de voluntarios. Es como si acabaran de descubrir el juguete nuevo de la política y el funcionamiento del idealismo. «Nos llegó el momento; no podemos pretender ser cool, escépticos y distantes para siempre», afirmaba al respecto Jeff Gordinier, autor del libro «Cómo los X van a salvar el mundo».
Una de las posibles explicaciones, impopular pero mantenida por filósofos como el francés André Glucksman, es que estos jóvenes no se hubieran alejado de la ideología por egoísmo sino por percibir que esta se alejaba de la realidad. Entonces la política parecía destinada a ser el refugio de nostálgicos de valores inaplicables o de cínicos sin ilusiones, jinetes del poder por el poder. Dos planteamientos bien poco exaltantes. Hasta que llegó Obama.
No debe ser casualidad que esto haya pasado en EE.UU., un país donde los dientes de sierra entre derecha e izquierda son menos rígidos que en Europa. Obama es negro, sí. Pero, ¿es además de izquierdas? Cierta ortodoxia dice que sí. Pero entonces, ¿cómo puede estar contra el matrimonio homosexual, hablar con pesar del aborto, defender la pena de muerte para los violadores de niños, decir con naturalidad «hay que matar a Bin Laden», hacerse asesorar por el hipermultimillonario Warren Buffett? ¿Cómo se puede hacer todo eso y seguir siendo cool?
La respuesta puede tener que ver con un eje de autenticidad que hilvana sólidamente todas estas «contradicciones». Las nuevas generaciones, no sólo la X, se caracterizan por una aproximación quizás más laxa pero también más abierta y más globalizada a las cosas. Más real.
Es esta una generación que ninguna ideología podrá reclamar en solitario para sí. Tampoco ningún discurso monolítico, cerrado o definido por la confrontación. Obama se ha ganado su simpatía ofreciendo una especie de pista donde pueden aterrizar muchas sensibilidades distintas, y donde no hay nunca una única manera de resolver los problemas.
La contradicción es estimulante. La paradoja mueve el mundo. La tormenta de ideas llega al poder aprendiendo sobre la marcha, como una base de datos andante. Una «wikipedia» viva, eso es Obama, quien hace dos años empezó su andadura con una experiencia realmente no muy superior a la de Sarah Palin, y que ahora inspira confianza y respeto a los líderes del mundo. Y a los jóvenes votantes más pasotas.
Obama es el más visible pero no es el único. Junto a él despuntan políticos X como el alcalde de Newark (New Jersey), Cory Booker, otro negro socialmente blanco, nacido y criado entre las élites blancas de Washington, educado en Stanford y en Yale. Un buen día se empeñó en ser el alcalde de una ciudad caracterizada por la pobreza, la tensión racial y una inseguridad ciudadana atroz y lo consiguió. Para ganarse a los negros de Newark, Booker tuvo que irse a vivir a un barrio de bloques de protección oficial meses antes de las elecciones. Nada más ganar se enfrentó a toda clase de disturbios y de acusaciones de «traicionar» a sus compañeros de raza, haciendo política como un blanco.
Lo importante: que funcione
Booker ignoró todos estos reproches y se mantuvo firme en su política de ir a lo práctico sin complejos. Su idea del «black power» era protestar menos y conseguir más, desdibujando las líneas de la raza y la exclusión social. Sin empacho contrató a un exjefe del departamento de Homicidios de la policía de Nueva York para poner orden en las calles. Dejándose de populismos se dio a atraer inversores y emprendedores, con el claro objetivo de que en Newark se pudiera vivir y trabajar, no sólo vegetar o ir a dormir. A Newark le ha cambiado la cara y a Booker se le ha abierto un gran futuro político.
También hay ejemplos en el bando republicano. El más prominente sería Bobby Jindal, el primer amerindio -sus padres son inmigrantes del Punjab- en gobernar un estado norteamericano, nada menos que Luisiana. Le costó más de un intento pero lo logró, al igual que Obama y que Booker, yendo al grano y sin complejos. No vaciló en cerrar ambulatorios y hospitales para equilibrar el déficit sanitario del estado, del mismo modo que no vaciló en cambiarse su nombre original de Piyush por el de Bobby a los cuatro años. Fue su primer paso importante en la dirección del mestizaje cultural. El segundo lo dio en el instituto, cuando abandonó el hinduismo para hacerse católico. Jindal es hoy la apuesta emergente de algunos en la crisis de liderazgo republicana.
En conclusión, la Generación X llega al poder con programas mucho más creativos y eclécticos. Ya no es cuestión de si es blanco, negro o amarillo sino de si funciona. Una idea que muchos jóvenes americanos han «comprado» con entusiasmo.