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domingo, 2 de noviembre de 2008

INDIA, EL PAIS MAS VIOLENTO DE LA TIERRA


El país más violento de la tierra
La India de Gandhi, paradigma del pacifismo, se desangra en una ola de violencia racial, de clase y religiosa sin parangón. Las milicias armadas, las guerrillas y la delincuencia campan por el inmenso país En la India afloran las violentas tensiones acumuladas a lo largo del enorme proceso de transformación social
El país de la espiritualidad y el pacifismo, la tierra madre de las religiones, el paraíso de la resignación material y de los hippies, la cuna de Gandhi y el yoga? Esto es la India, pero se le parece bien poco. Y es que la democracia más grande del mundo, con sus mil y pico millones de habitantes, se está convirtiendo en uno de los lugares más violentos del planeta: en un hervidero de disputas donde crece la intolerancia étnica, el fundamentalismo religioso y el terrorismo de toda categoría y signo. En palabras entristecidas del primer ministro, Manmohan Singh: «Están asaltando la calma que caracteriza nuestra cultura». Por ejemplo, lo del jueves, cuando más de 70 personas murieron en un atentado múltiple en la región oriental de Assam, mientras que otras 300 resultaron heridas. La Policía sospecha de varios grupos independentistas, pero no sabe por dónde empezar, porque en esta pequeña región hay nada menos que 40 grupos armados, la mitad organizados como bandas terroristas (cada una con reivindicaciones diferentes y a menudo enfrentadas entre sí), el resto, como criminales. Assam es una extremidad de India, el apéndice oriental que se desliza en el mapa por encima de Bangladesh. Desde esta región remota y rural, las tensiones se abren camino y llegan incluso hasta Bombay, en el extremo opuesto, tanto geográfica como culturalmente. Es la capital económica y financiera, la sede de Bollywood y de las grandes corporaciones que compiten en el mundo global. Allí donde, en las últimas semanas, un partido que representa a la etnia dominante (el llamado «Ejército para la Reconstrucción de Maharashtra») ha emprendido una violenta campaña en contra de los inmigrantes llegados desde el empobrecido norte del país. Sus milicias cargaron a finales de la semana pasada contra los trabajadores rurales que hacían cola para pedir un puesto de trabajo en los Ferrocarriles del Estado, uno de los sueños laborales de cualquier indio. A medida que se abren paso las transformaciones sociales y económicas propiciadas por la democracia y el libre mercado, se acentúan también las tensiones entre castas, clases y religiones. De hecho, uno de los principales focos de tensión del país es el choque de castas, precisamente porque se están disolviendo. La democracia y la sociedad civil remueven las desigualdades y los privilegios, los odios se desatan. Dejando atrás la alta política de Nueva Delhi, los discursos de la mayoría de los políticos indios que gobiernan en las regiones no conocen lo políticamente correcto. La exaltación, el radicalismo y la incitación al odio están a la orden del día. En los últimos meses, mientras se iba caldeando el ambiente de cara a las legislativas de la próxima primavera, el fundamentalismo hindú, que aspira a volver al Gobierno, ha sacado los dientes: además de la caza del cristiano (un pogrom que sigue en curso), han protagonizado ataques contra minorías musulmanas en varias zonas del país. Los bombazos y las matanzas del integrismo islámico es lo que obtienen como respuesta. India cuenta también con varias guerrillas maoístas, decenas de grupos que reclaman la independencia de zonas repartidas por todo el país, además de la constante fuente de preocupaciones que es Cachemira, el territorio disputado con Pakistán. Los analistas achacan los problemas a las tensiones religiosas, así como a la enorme dificultad que supone mantener los equilibrios en una democracia superpoblada de personas y dioses. Otros consideran que la violencia y el radicalismo son efectos secundarios de las vertiginosas transformaciones y del apabullante despegue económico.