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jueves, 30 de octubre de 2008

COMUNIDAD SIKH EN ARGENTINA


La pequeña comunidad sikh de Argentina lucha por seguir existiendo
ROSARIO DE LA FRONTERA, Argentina— Con una larga barba negra y un turbante anaranjado sobre la cabeza, Kanwall Jeet Singh conversa en español con Verónica Mandyp Singh, una joven morena que usa jean y camiseta, en una calle de Rosario de la Frontera, pequeña ciudad perdida en la inmensidad del noroeste de Argentina.
Ambos son sijs, pero a este hombre de unos 40 años y su prima de 31, solo el apellido parece unirlos.
Kanwall, nacido en Penjab en el norte de la India pero establecido en Argentina desde hace más de 20 años, se esfuerza por vivir según la tradición de su religión, fundada en su país de origen hace 500 años.
Pero para Verónica, nacida en Argentina, India es apenas una postal y está muy lejos de sus preocupaciones como comerciante casada con un argentino católico, tras un primer matrimonio arreglado con un sij que no funcionó. Aún habla panjabi pero no fue el domingo al Gurduwara, templo sij construido en 1988 en Rosario y el único de su tipo en toda América Latina.
Esta pequeña comunidad sij, establecida a unos 1.500 km de Buenos Aires, en la provincia de Salta, se reunió con motivo del 300 aniversario de la elevación al título de Gurú (maestro espiritual) del libro sagrado de los sijs, el Guru Granth Sahib, celebrado en Argentina con cuatro días de antelación.
Detrás del altar decorado con sedas y puñales sijs y coronado de globos multicolores, hombres y mujeres se turnaron durante casi 58 horas de viernes a domingo para leer las 1.430 páginas de este libro, sin interrupción.
Facundo Singh, hijo de Kanwall, fue uno de ellos. Sabe toda la historia de los 10 gurús del sijismo, habla panjabi y usa turbante los días de fiesta. Pero también es un adolescente argentino de 14 años, fanático del fútbol y alumno de la escuela militar de la ciudad de Tucumán (noroeste), donde acudió luciendo su uniforme del Ejército argentino apenas terminó la ceremonia.
"No, no tengo problemas en la escuela. Soy tan argentino como sij, me siento perfectamente cómodo", aseguró el joven a la AFP.
Hari Singh, ingeniero agrónomo de 34 años, nunca usó el turbante característico de su religión, a veces come carne y usa una barba corta. Todavía habla panjabi y frecuenta el templo en algunas ocasiones, pero se muestra más bien pesimista sobre el futuro de su comunidad.
"Creo que la tercera generación es la que va a perder más" de su identidad, afirma este hombre hombre nacido en Argentina de padres sijs, que habla español con el acento de su provincia natal y despotrica contra el gobierno de Buenos Aires como todo buen agricultor argentino.
Los niños que juegan ruidosamente a su lado, sentados en los escalones del templo, parecen darle la razón: lucen muy argentinos, pese a las túnicas multicolores usadas por algunas niñas. "Hacemos lo que podemos pero es muy difícil", explica Kuldeep Singh, llegado a Argentina a los cuatro años. Y es más difícil cuando uno de los integrantes de la pareja no es de origen sij. "En ese caso, conservar la religión se vuelve casi imposible", reconoce Hari.
Dora Andrea Singh es farmacéutica. Su abuelo llegó "en los años 1920 o 1930" a Argentina, donde se casó con una descendiente de italianos. Integrante de la tercera generación, India es un país lejano para esta joven católica que nunca habló panjabi.
Los primeros sijs llegaron a Argentina a inicios del siglo pasado, detrás de ingenieros británicos que viajaron para construir la red ferroviaria. Muchos se quedaron y se establecieron como comerciantes, conductores de camiones o agricultores, especialmente en el noroeste, donde siguen viviendo sus descendientes. Actualmente integran la comunidad sij más importante de América Latina, pese a que la componen menos de 300 miembros.