Entradas más populares

domingo, 28 de septiembre de 2008

CONDENADOS A LA ESCUELA


Condenados a la escuela
Inmigrantes y colectivos marginales acaparan el alumnado en más de 30o centros escolares de toda España, convertidos en 'colegios gueto'
Escondido en un pasillo del colegio público 'Profesor Carles Selma', de Castellón, hay un árbol de cartulina verde donde las ramas son deseos. «Tener un piso», «Que todos los chicos se porten bien», «Viajar lejos», «Que no llueva en marzo», «Mucha salud», «Jugar mucho», «Reír»... En la copa se puede leer «Vivir» y en la base se invoca a la esperanza: «Que se cumplan los deseos de todos».
Es media mañana. Apenas se siente a los niños, de 3 a 12 años. Como ha llovido, no vienen. Las aulas, despobladas, son un bosque de patas de sillas levantadas. Apenas tres, cuatro chiquillos, a lo sumo diez en algunas clases. Ni el más elitista de los centros educativos tiene una 'ratio' tan baja de alumnos por profesor. Pero, de aquí, se sale sin saber leer y escribir, sin saber sumar y restar.
Después de nueve años y muchos meses de ausencia, de cientos de batallas -por el comportamiento, por la actitud, por las palabras, por el acoso, por la anormalidad-, en el colegio 'Carlos Selma' se termina en blanco el primer ciclo de enseñanza obliga- toria. De los 97 alumnos matriculados este curso, 74 son gitanos; también hay dos rumanos, uno lituano y otro chino; 19 son payos castellonenses, 25 necesitan pedagogía terapéutica, porque abundan las dificultades en el habla, y tres son discapacitados que no controlan los esfínteres.
No se trata de un centro especializado en niños con problemas: es el colegio público del barrio San Lorenzo, un lugar que en los años cincuenta recibió a emigrantes, gente trabajadora. Hacia los ochenta se levantaron dos torres de pisos de protección social y muchos fueron ocupados por colectivos marginales. Entonces, los vecinos de toda la vida enviaron a sus hijos a otros colegios públicos o concertados. El gueto había nacido.
Clases en 'valencià'
A los alumnos forasteros y a los gitanos, que son castellanohablantes, se les habla ahora en 'valencià', porque el 'Carlos Selma' es un centro de inmersión lingüística. La antropóloga Ana Giménez cree que es la guinda del despropósito. De etnia gitana, ella ha puesto en marcha el proyecto Cosmos, una iniciativa de la Fundación Punjab que es apoyada por la Generalitat Valenciana y que pretende estudiar los 'colegios guetos'; es decir, los que registran una concentración de marginalidad superior al 50%.
Un estudio de la Universidad Jaime I, de Castellón, contabiliza más de trescientos centros de estas características en toda España. Giménez, que ha estudiado el fenómeno en toda Europa, pretende conocer la experiencia de las aulas gueto para dar respuestas a los profesores. «Ocurre con los gitanos y con los inmigrantes que van a colegios donde no aprenden casi nada», denuncia la antropóloga.
En Castellón, no muy lejos del barrio de San Lorenzo se encuentra el de San Agustín, donde abre sus puertas otra 'escuela gueto'. Pero, a diferencia del colegio 'Carlos Selma', a ese otro centro no sólo acuden los niños que no han podido o no han querido escapar de clase. Un autobús recoge a alumnos extranjeros desde distintos puntos de la ciudad, generalmente recién llegados. El alumnado está formado por 55 gitanos, 47 rumanos, cuatro marroquíes, dos argelinos, un venezolano y dos payos castellonenses. Hace dos años también asistió un discapacitado de 'integración'. «Aquí se les pide a los maestros que sean héroes -dice Juan Ramón, uno de los docentes-. Que sean padres, guardianes, vigilantes. Lloran, se vienen abajo, pero nadie se coge una baja. El año pasado vinieron un médico y dos enfermeras por una campaña de vacunación, y un padre puso contra la pared al doctor. Se llevaba las manos a la cabeza».
Ana Giménez, doctora de la Universidad Jaume I, reconoce que recibir clase en un colegio así es una «condena» para cualquier menor. «La marginación -explica- produce más marginación, y la concentración de todo eso produce más gente en contra de la sociedad. Haga el esfuerzo de ponerse en la piel de un niño que tenga que vivir en una clase en la que no haya disciplina, con gente gritando, saltando, el maestro desquiciado, enfadado...».
Hay escolares que no quieren salir al patio para no sufrir acoso, sobre todo, de gitanos a rumanos. El fenómeno cunde cuando las bandas y familias de la calle se reproducen en el aula -los hay que son hijos de traficantes-.
«Ni 'papa' ni 'mama'»
Carmen tiene 10 años y es alumna del 'Carles Selma'. La acompaña Eli, una niña de la misma edad que, pese a vivir a pocos metros de ese colegio, está escolarizada en otro centro. «Mi madre dice que el 'Carles Selma' es malo y no se aprende», se justifica. ¿Cuál es la capital de España? Silencio. ¿Las provincias valencianas? Silencio ¿Seis por ocho? «Cuarenta y ocho», se adelanta Carmen. ¿Y cómo se llama el presidente del Gobierno? Entonces Eli, con la que trabaja la Fundación Punjab por su «capacidad límite», contesta: «¡Zapatero!».
Milagros, una gitana que tiene tres hijos en el 'Carles Selma', confiesa que no escriben «ni 'papa', ni 'mama'» con 6 años. Enrique, también gitano y padre de un chico que necesita un logopeda, se lamenta de que su hijo esté abandonado a su suerte. «Se ve que nuestros niños son diferentes», ironiza Milagros.
Dos madres castellonenses que acuden a la puerta del colegio no creen que pueda hablarse de racismo. «Aquí el que quiere, estudia y aprende», afirma una de las mujeres, que ha adoptado a una niña china. A su lado,Yolanda confiesa que en la escuela no hay asociación de padres y que estos últimos tampoco figuran en el consejo escolar. Una inmigrante lituana, que trabajó como periodista en su país y que ahora se dedica a la recolección de naranjas, tercia en la conversación y ratifica lo dicho: «El que quiere, puede».
Un nombre sin contenido
Aunque el 'Carlos Selma' se llama técnicamente CAES (centro de acción educativa singular), el director, Juli Montañés, lo califica de 'colegio gueto' después de haber ejercido once años en él, los últimos cinco como máximo responsable. «Después de su época dorada -relata-, con 320 alumnos a tope, llegaron otras leyes educativas, llegaron otros niños y vino el éxodo. Se fue transformando en un colegio al que, por la condición de su alumnado, había que dotarlo de medios especiales; pero se quedó con un nombre técnico sin más contenido, donde los profesores cambiaban cada curso. Por lo menos hemos conseguido una estabilidad en la plantilla, que se ve premiada con unos puntitos de más para luego elegir otros colegios».
Montañés se ha entrevistado con la Inspección porque un alumno se puso muy violento y tuvo que expulsarlo durante tres días, aunque casi nunca aparece por clase. «No se puede hacer otra cosa -admite-. Los casos de violencia son puntuales, pero siempre protagonizados por los mismos. Lo que se dice miedo, no he tenido; si acaso nervios por situaciones difíciles causadas por alumnos que deberían recibir tratamiento psiquiátrico. Aquí hay familias que sólo necesitan la excusa de que los has mirado mal para ponerte contra la pared».
El objetivo de claustro del 'Carlos Selma' no es que los alumnos saquen un 'diez' en Matemáticas, sino que se socialicen. Tratan de obrar un cambio en los comedores, siendo más flexibles, para que acudan más niños, ya que «antes que estudiar está el comer». Montañés reclama una mejor dotación de personal para evitar altercados. «Casi siempre se originan en los tiempos del recreo, en las horas libres».
El director advierte de que, a las niñas, sus familias no las tratan igual. No llegan a matricularse en el instituto porque con 12 años ya empiezan a emparejarse. «¡Claro que hay casos perdidos antes de los 12! Eso lo creo yo, lo creen las fundaciones que trabajan con nosotros y lo cree el fiscal de menores. No hay una acción seria frente a esta situación. Mire el panorama que tenemos hoy. Como ha llovido, a la clase de 5º, que tiene nueve niños, sólo han venido tres; a la de 6º, ocho, y a la de 3º, seis».
El profesor de Deporte relata que durante el curso pasado tuvo un alumno portugués que se convirtió en un modelo para el resto. «Fue estupendo porque arrastraba a los chicos. Pero la familia tuvo problemas en el barrio y desaparecieron», se lamenta. Nuria, que imparte la asignatura de Música, se las ve y se las desea para que los escolares «sean capaces siquiera de mantener el orden y de prestar atención». Los docentes no entienden por qué no se distribuye a estos niños en otros centros donde la normalidad les sirva de acicate.
«Aquí se viene a sobrevivir»
«Es difícil comprender que el mayor esfuerzo de integración se le pida al más marginal, juntando a gitanos e inmigrantes». Así habla Dolors, una maestra recién llegada al barrio de San Agustín, de donde es originaria su familia. Durante una década ejerció como directora de un colegio 'normal'. Allí también había gitanos e inmigrantes asimilados a la mayoría, pero su nuevo destino es diferente. «En una clase, siete niños no hablan castellano -indica-. Y tampoco es gente del barrio: los traen en autobuses».
Dolors piensa que, antes de que los menores se integren en la escuela, sus familias deberían hacerlo en la sociedad. Su compañero Juan Ramón avisa a los docentes que llegan por vez primera a San Agustín de que «aquí no venís a enseñar, sino a sobrevivir».
Ningún profesor conocía de antemano las circunstancias «especiales» del barrio. Para algunos escolares gitanos, el extranjero es un elemento a batir y a la inversa. Los incidentes comenzaron con los desayunos. Como los chicos gitanos llegaban tarde, también se retrasaban a la hora de los bollos, y acusaron a los profesores de que «estaban dando toda la comida a los de fuera». De modo que se acabaron los almuerzos. No es fácil tomar una decisión así. Según el claustro, ya se han contabilizado tres palizas a profesores.
Los impulsores del proyecto Cosmos quieren que los maestros denuncien el absentismo escolar, pues las gitanas que realizan labores de mediación con los padres de los alumnos poco pueden conseguir con ellos si no se comunican las ausencias a clase. Sin embargo, el riesgo es grande para los profesores. Juan Ramón reconoce que si las faltas de asistencia llegan al fiscal de menores y la autoridad interviene con la familia, «el que sale a las cinco de la tarde por la puerta soy yo, y ¿a por quién se cree que van a venir?».
Las condiciones de trabajo son siempre difíciles. Una profesora de Deporte de San Agustín llevó al equipo del gueto a jugar un partido de fútbol contra el Colegio Británico de Villareal. Los alumnos de este centro estaban bien equipados, mientras que los primeros saltaron al campo como pudieron. El colegio privado endosó un 25-0 a sus adversarios, pero el abultado resultado encrespó los ánimos de los vencidos y fue origen de incidentes.
Dolors, la maestra de San Agustín, asegura que lo que la ha movido para dedicarse a los niños del gueto es conocer qué es lo que piensan. «Me inquieta, siento una curiosidad infinita por conocer lo que pasa por sus cabezas». Según Ana Giménez, la antropóloga del proyecto Cosmos, no hay ningún país ni ciudad que se libre de un 'colegio gueto'. «En la España del siglo XXI es un anacronismo, una vergüenza social, además de una indignidad para una sociedad democrática», denuncia.
«Pero pasa en toda Europa -prosigue la experta-. En Francia, Italia y Portugal ocurre de forma deningrante e, igual que en nuestro país, se presenta como un problema irresoluble. Es insostenible. Los niños reproducen lo que ven, y aunque sólo fuera por egoísmo, la sociedad debería actuar para protegerse, en el mejor de los casos, de futuros subsidiarios de servicios sociales, cuando no de futuros delincuentes».