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jueves, 4 de septiembre de 2008

ALIANZA DE CIVILIZACIONES


'Esa' alianza de civilizaciones
Fue anunciada a bombo y platillo. Íba a ser la empresa cumbre de la política exterior del gobierno ZP. Suscitó protestas y rechiflas por parte, principalmente, de quienes creen, de buen grado o pesarosos, en la guerra de civilizaciones, como horizonte a corto y medio plazo de la geopolítica mundial. Sólo Turquía, quiero decir el actual gobierno turco, tan interesado en su ingreso en la Unión Europea, acogió alborozado la iniciativa. Se han montado varias reuniones muy aparentes, hubo alguna declaración retórica de alto nivel en el ámbito de las Naciones Unidas, pero ni las grandes potencias ni los países influyentes del Sur se sintieron atraídos por la idea. Ahí sigue flotando como una nube, pero no arrinconada, porque puede servir para organizar, de cuando en cuando, reuniones de cierto prestigio con algunos Estados,
Creo que la idea tiene un error básico de entrada. Parte de un Estado del sur de Europa y está planteada como una operación desde Estados. Como nos tienen acostumbrados, ignoran que entre el poder político y los individuos existe todo el inmenso espacio de la sociedad civil. Y si hablamos de civilizaciones, el posible diálogo entre ellas tiene que brotar y desarrollarse desde las sociedades involucradas. Porque se trata de civilizaciones, ¿o no?; es decir de ámbitos culturales que entrañan cosmovisiones, costumbres, actitudes, morales, tradiciones de distinta índole, desarrollo e influencias. Los poderes políticos sólo pueden intervenir favoreciendo u obstaculizando con sus tentáculos esos contactos entre civilizaciones diversas. Pero el protagonismo les está vedado. Porque si se lo irrogan, en realidad, se trata de algo muy distinto, de relaciones diplomáticas, de intereses económicos, de juego de influencias en el tablero mundial de la política.
Además, se habla de diálogo de civilizaciones, pero como si sólo existiera el mundo del Islam y Occidente. Se olvidan de todo lo que es el Extremo Oriente, con sus grandes países; China, India y Japón, sobre todo. Y el futuro del mundo se juega precisamente en el contacto de esas civilizaciones orientales y sus Estados con el mundo occidental. América Latina, la América mestiza sólo cuenta en sus criollos dirigentes desde la Independencia; el mundo indígena y los mestizos, son minorías oprimidas que sólo empiezan a emerger con el reconocimiento tardío de sus culturas, de sus idiomas, de sus tierras expoliadas. Y África, la subsahariana, es mero botín para las empresas multinacionales que rapiñan sus inmensas riquezas naturales y sigue sometida a un neocolonialismo económico y cultural. El apoyo cínico de Occidente a sus gobernantes corruptos es lo que impide que sus pueblos puedan emerger a la libertad y a una vida digna.
¿Por qué sólo con el Islam? Son, a mi juicio, cuatro las causas principales: su proximidad; el hecho de que son los mayores productores de petróleo, el terrorismo fundamentalista que golpeó sañudamente en Nueva York y Madrid; y la presencia creciente de emigrantes musulmanes en nuestro país y en el resto de Europa. La conjunción de estos factores incide en el estrechamiento de la visión que debe ser también a nivel planetario; la globalización no es sólo económica.
Además, existe otro fallo que lastra la perspectiva ideológica de este gobierno: el laicismo, que representa un prejuicio que va más allá de la necesaria laicidad o aconfensionalidad del poder político en una democracia. ¿Porque los progresistas oficiales de nuestro país carecen de la cultura histórica, filosófica o religiosa de, por ejemplo, intelectuales de izquierda italianos o franceses, o la tienen tan parcial? ¿Cómo se puede plantear una alianza de civilizaciones que quiera dejar de lado el papel de la religión en el mundo musulmán o de lo que significan las raíces cristianas de la cultura europea? En un diálogo entre estas civilizaciones, son las religiones las que tienen el deber de estar en vanguardia. Claro que mal puede hacerse si sólo las vemos como fundamentalismos excluyentes en liza. Desde el mundo cristiano tenemos la ventaja del cambio experimentado en Europa con la Reforma y en el mundo católico con el Concilio Vaticano II. Lo peor son esas corrientes involucionistas que pretenden retroceder a épocas de cristiandad. Cierto que en el mundo musulmán, el cierre integrista en torno a la interpretación literal del Corán estraga posibles vías de diálogo. Pero no podemos ignorar otras corrientes aperturistas, como el sufismo, de antes y ahora, que permiten aproximaciones en la comunicación. Derechos humanos, la situación de la mujer, los deberes con las masas empobrecidas, el respeto mutuo, la no violencia, etc., pueden y deben examinarse buscando la inspiración común de los Libros Sagrados. Pero este diálogo interreligioso mal puede prosperar si los estados occidentales siguen apoyando a gobiernos tiránicos que favorecen el fundamentalismo islámico, por intereses económicos -el petróleo- o por defenderse paranoicamente del terrorismo 'binladeniano'.