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viernes, 16 de mayo de 2008

INDIA DESGARRADA

INDIA DESGARRADA
El salto económico en la mira del terrorismo que detonó siete bombas, masacrando casi un centenar de personas en un punto de altísima concentración turística.
Todavía recogían cadáveres y socorrían heridos, cuando las sospechas empezaron a apuntar hacia grupos como Harkut-Ul-Jehadi, con base en Bangladesh, donde lucha por expulsar a la minoría hinduista, y las organizaciones separatistas cachemires que han cometidos ataques de este tipo en Srinagar, al norte, pero también en ciudades sureñas como Hyderabad.
El Harkut-Ul-Jehadi Islami está relacionado con algunos de los imanes de la ciudad de Dacca (la capital bengalí) que sentenciaron a la escritora Taslima Nasrim a ser asesinada donde se la encuentre, por haber criticado el fundamentalismo islamista en su libro “Vergüenza”, donde también criticó el extremismo hinduista, postula que Bangladesh se reintegre a Pakistán, país musulmán del que formó parte hasta la guerra separatista alentada por Nueva Delhi.
En rigor, al detonador de las siete bombas pudo activarlo el separatismo o los viscerales odios religiosos que laceran la sociedad india, pero el blanco indirecto de muchos zarpazos terrorista de los últimos años ha sido la modernización que impulsa Manmohán Singh.
Desde que se convirtió en primer ministro por designación de Sonia Gandhi, ha profundizado la reforma basada en la apertura económica que él mismo inició como ministro de Economía del entonces premier Narashima Rao, quien asumió la jefatura del gobierno tras el asesinato de Rajiv Gandhi.
Ese camino hacia la modernización ha convertido a la India en uno de los nuevos tigres asiáticos, con el valor agregado de que su formidable crecimiento económico está apoyado principalmente en el desarrollo de tecnología informática, rubro en el que incluso exporta ingenieros al Silicon Valley. Y contra la modernidad están todas las fuerzas retardatarias, sobre todo las de matriz religiosa.
En el caso de la India, el ala extrema del partido hinduista Baharatilla Janata se hundió en un fuerte resentimiento cuando, al llegar por primera y única vez al gobierno, su líder Atal Vihari Vaipajee, en lugar de retrotraerse a sus viejas banderas nacionalistas y religiosas (la matriz del partido es el movimiento del que salió el asesino del Mahatma Gandhi), como primer ministro lo que hizo fue mantener el rumbo de apertura y modernización que había heredado del gobierno anterior, que había sido encabezado por el Partido del Congreso. No obstante, muchos elementos explican por qué, mientras recogían los cadáveres en la bella y rosada ciudad de Jaipur, ya se pensaba en organizaciones del terrorismo ultra-islamista.
La capital de Rajasthán, la antigua Rajputana, construida en el siglo 18 por el maharajá Jai Singh como capital del reino de Amber, se ha convertido en uno de los principales centros turísticos de India. Uno de sus atractivos está en el color rosa que domina el paisaje, porque ese color de “bienvenida” en la cultura india, la cubrió en 1905 para recibir al príncipe Alberto, esposo de la reina Victoria.
El hecho de que todos los lugares atacados con bombas hayan estado dentro de la ciudadela de la ciudad vieja, y que hayan sido nada menos que el Palacio de los Vientos, la Puerta de Sangeneri y los bazares de Johari y Tripolia, donde está el templo Hanuman siempre atestado de hinduistas, muestra que los terroristas apuntaron a la parte más turística y concurrida de la ciudad.
Esta modalidad, además de la sincronización de los siete estallidos, hizo que las sospechas apuntaran al terrorismo fundamentalista ultra-islámico, igual que años atrás, cuando una serie de bombas despanzurraron trenes repletos de gente en estaciones de Mumbay.
Los giros de las sospechas
El gran logro del Pandith Nerhú fue, además de la independencia en 1947 y a pesar de la escisión de Pakistán, mantener la unidad bajo un Estado y una lengua, el indi, una diversidad de naciones, lenguas y religiones. Pero la unidad no borró particularismos étnicos y religiosos que a menudo conducen a la violencia sectaria. Ahora bien, a la hora de atentados en gran escala que implican sofisticados mecanismos de organización y logística, las posibilidades de autoría se reducen al extremismo ultra-islamista ligado al separatismo cachemir, a remanentes del independentismo sikhs y a algunos grupos ultra-hinduístas.
El independentismo sikh lucha por separar el rico estado norteño del Punjab del resto de la India, para crear el estado independiente del Khalistán. El más grande de sus ataques fue el asesinato de Indira Gandhi, por haber sido aquella primer ministra la que ordenó la masacre del Templo Dorado de Amritsar, santuario de los sikh que había sido ocupado por los separatistas. Pero desde mediados de los noventa el terrorismo sikh bajó su intensidad y resulta difícil imaginar que atacaría dentro de un estado vecino que, como Rajasthán, también tiene una fuerte identidad cultural propia.
Del mismo modo, es poco probable que tras la cadena de bombas que ensangrentó ayer a Jaipur esté el extremismo tamil, autor de la muerte de Rajiv Gandhi, porque en su objetivo de apoyar la guerrilla tamil de Sri Lanka (Los Tigres de la Liberación Eelam) sólo ataca blancos gubernamentales. Mientras que los grupos ultra-hinduistas, cercanos a partidos nacional-religiosos como el que gobierna la ciudad de Mumbay (antigua Bombay), difícilmente atacarían un templo hindú plagado de feligreses, como ocurrió el martes con Hanuman, cuyos altares están dedicados a Vishnú y demás deidades védicas.
Cualquiera que sea el autor, a las razones religiosas y étnicas que motivan su criminalidad, se suma el odio al gobierno modernizante de Manmohan Singh, quien inició la modernización de la economía durante la gestión de Narashima Rao. Y esa modernización está en la mira de todos los fundamentalismos de la región, en particular el ultra-islamismo, que desde Cachemira y las alturas del Himalaya, mantiene fuertes vínculos con la cúpula de Al-Qaeda oculta en algún rincón del Wasiristán o del Hindu Kush.