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jueves, 21 de febrero de 2008

REALISMO AJENO

El realismo ajeno
Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
Según Todorov, la globalización es maravillosa para la literatura. Una forma de experimentarlo es por medio de libros que ofrecen testimonios más palpables de aquello que está sucediendo en distintos lugares del planeta. Dos novelas de reciente publicación nos sumergen en culturas tan vastas como ajenas, al tiempo que nos trasladan a paisajes voluptuosos en los que el permiso de matar apura las ganas de vivir. Solo en el mundo, del autor libio Hisham Matar, nos lleva a Trípoli, capital de Libia, durante los primeros tiempos de Khadafi, a través de la mirada de un niño, Solimán, que recibe de su madre una crítica feroz al modelo de mujer que destila el mítico libro Las mil y unas noches. Así se expresa ella, anticipándole a su hijo la lucha por librar: “Sherezade era una cobarde que prefirió la esclavitud… y cuando por fin hizo acopio de valor y preguntó al Sultán: «¿Puedo tener el atrevimiento de solicitar un favor de vuestra alteza?», ¿acaso le pide el de dirigir una escuela, el de tener un escritorio en una habitación tranquila del palacio, una habitación propia en la que pudiera escribir en secreto la verdad acerca del monstruoso Shariar? No. Prefirió la esclavitud a la muerte”. Esta pequeña anécdota, que da cuenta de la carga ancestral que encierran algunas narraciones, enciende la mecha de una rebeldía necesaria. El otro libro, de significativo y bello título, El legado de la pérdida, es un fresco vívido de los disturbios políticos y culturales indo-nepalíes. Su autora, la joven y premiada Kiran Desai, nacida en Chandigarh, con una mirada aguda y fresca, observa y cuenta los roces entre distintas tribus, implicando a la naturaleza en algunos de los pleitos: “Hubo una buena cantidad de guerras, traiciones y trueques: entre Nepal, Inglaterra, el Tíbet, la India, Sikkim, Bután; Darjeeling hurtada de allí, Kalimpong arrancada de allá… a pesar, ay, a pesar de la niebla que bajaba a la carga como un dragón y disolvía, deshacía, convertía en algo ridículo el trazado de fronteras”. En esta novela, que sucede gran parte en la India pero también en Nueva York, a fines del siglo XX, Desai resalta los matices de una tradición en contraste con la modernidad, planteando la aberración que puede surgir del intento de traducir el significado de una cultura a otra. La protagonista, llamada Sai, es una joven que vive con su abuelo, un viejo juez indio educado en Cambridge, junto a un entrañable y locuaz cocinero. Y es a través del “aliento de Sai” que recorremos el bosque antiguo y espeso de “matorrales de bambú de diez metros y árboles gigantes recubiertos de musgos, deformes y aquejados de juanetes, envueltos en tentáculos que eran las raíces de las orquídeas”. Ambos autores nacieron en la década del setenta, y si bien sus estilos y temas difieren, hay algo en el modo de escribir que devela una ansiedad por restaurar lo perdido, pero también por descubrir nuevas formas de estar en el mundo, fuera de las guerras y guerrillas. Habría entonces que invertir la frase de Todorov: la literatura es maravillosa para la globalización. Bien se puede globalizar una imagen bella, pero no llegará muy lejos sin poesía que la sostenga.