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martes, 22 de enero de 2008

PUNJABIS EN BARCELONA

La discreta comunidad pakistaní de Barcelona crece sin cesar
Los primeros inmigrantes llegaron a Barcelona a mediados de los 70 Las mujeres sólo se dejan ver en los ambulatorios y a las puertas de las escuelas
Isabel Ramos Rioja Barcelona 22/01/2008 Actualizada a las 03:31h
De un plumazo, una comunidad discreta como la pakistaní ha pasado a estar en el escaparate, a la vista de todo el mundo en los medios de comunicación. La detención de 12 pakistaníes y dos indios por su supuesta implicación en actividades terroristas ha sacado del mutismo a un grupo que, en distintas fases, ha ido formándose en Barcelona en los últimos 30 años. Ensimismados en su propia tradición, callados - las más de las veces por desconocimiento del idioma-, buenos cumplidores del undécimo mandamiento (no molestar), los pakistaníes de Barcelona están dolidos por el trato recibido por las fuerzas de seguridad y los medios de comunicación. Las casualidades y el amor trajeron a algunos de los primeros ciudadanos pakistaníes a Barcelona. En los años setenta del siglo pasado su puerta de entrada fue, por razones diversas, Grecia. Allí vivía A. A. cuando conoció a quien después sería su esposa, una joven catalana que lo arrastró hasta Barcelona en 1979. El presidente de la asociación Camino de la Paz, Nawaz Keyani, salió con una decena de compañeros con destino a Grecia, también. Los problemas que a mediados de los setenta tenía con Turquía les cortaron el paso y continuaron su periplo hasta España. Keyani aún vio morir a Franco y se alojó en pensiones, como tantos españoles de la época. Su sobrino ganaba 5.000 pesetas al mes en El Indiano y él, como muchos de los hombres de su generación, se casó con una catalana. De ser un grupo de exóticos pasaron a convertirse en nuestros vecinos. De manera sigilosa, casi sin darnos cuenta. Los primeros en llegar atrajeron a parientes y amigos. Otros acudieron a la llamada de la regularización de 1991. La mayoría, originarios de la provincia de Punjab, del distrito de Gujrat, de la tribu Gujar. Si la primera oleada ha conseguido cierto nivel económico y social, que sus hijos lleguen a la universidad y defenderse en castellano, no puede decirse lo mismo de las siguientes. A medida que el grupo era más numeroso se encerraba más en sí mismo, quizá para sentirse más protegido. Y aceptaba el matrimonio acordado por sus padres, la práctica habitual en el país, que siguió incluso Benazir Bhutto. De repetir hasta la saciedad el "¿quiere butano?" por los interfonos de toda Barcelona y vender rosas por restaurantes y locales nocturnos, el pakistaní ha pasado a ser también el cocinero o el camarero que sirve la comida en el bar o el restaurante, y el tendero de la esquina, entre otros oficios. Salieron a la luz, para los barceloneses de más allá de la plaza Catalunya y su entorno, cuando empezaron a reivindicar oratorios más amplios y en mejores condiciones, como otros musulmanes de la ciudad. Y, sobre todo, porque fueron mayoría en los encierros de inmigrantes en una decena de parroquias de Barcelona, en el 2001. Pero los hijos de otros compatriotas llevaban años acudiendo a las escuelas de Ciutat Vella. Si bien la falta de dominio de la lengua les hace cojear en asignaturas de letras, sobresalen en matemáticas y otras materias de ciencias, aseguran los profesores de los centros educativos del Raval. En las pruebas de selectividad del curso pasado algunas jóvenes pakistaníes aspiraban a cursar Medicina. Organizándose al margen de ligas y campeonatos, empezaron a disputar partidos de voleibol en el entorno de Sant Pau del Camp y ahora juegan al cricket, al hockey sobre hierba (deporte en el que los pakistaníes destacan a nivel mundial) y al kabbadi,una mezcla de lucha libre y rugby. Reivindican a las autoridades locales espacios en los que poder practicar estas modalidades. Salvo en cuestión de estudios, donde las chicas tienen que estar por ley hasta los 16 años, el mundo pakistaní que se ve desde el exterior es casi exclusivamente masculino. Cierto es que prácticamente el 90% del colectivo barcelonés son hombres. Las mujeres sólo son visibles en los ambulatorios y a la puerta de los colegios. Todas han venido por reagrupación familiar y la mayoría carece de independencia económica. "Si no trabajamos - afirma una pakistaní- tenemos que bailar al son que nos marcan nuestros maridos. Somos como muñecas a las que nos dan cuerda. Yo tuve suerte: me casaron por la fuerza con un hombre abierto y bueno. Estoy bien, pero no haré lo mismo a mis hijos". Por cultura, las mujeres pakistaníes no salen de casa si no es acompañadas de algún hombre de la familia: padre, esposo, hijo. Las nuevas generaciones serán las que podrán dar la vuelta, si quieren, a ese tipo de costumbre. La comunidad pakistaní creció en Barcelona durante los años del fenómeno migratorio que convirtió la capital catalana en una ciudad global. Los más de 13.000 pakistaníes empadronados en la ciudad en enero del 2007 multiplican por más de cuatro las cifras del 2001. Es verdad que sólo en el barrio del Raval viven 4.500 personas originarias de este país asiático, pero la presencia de Pakistán en Barcelona no se limita a este pedazo de Ciutat Vella. En los últimos años se ha extendido a prácticamente todos los distritos y en la actualidad resulta muy visible en barrios tradicionales, como el de Sants, y en aquellos que ya conocieron el fenómeno de la inmigración, entonces de carácter interno, hace cuarenta años, como el Barri Besòs. En este, los pakistaníes conforman el colectivo extranjero más numeroso (1.300), doblando en número a los ecuatorianos, que ocupan el segundo lugar del ranking.