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lunes, 21 de enero de 2008

EL PODER DE LA INDIA

El poder de Bollywood de la India

El mundo ha oído hablar mucho de la extraordinaria transformación de la India en los últimos años, e incluso de sus aspiraciones a una porción del “liderazgo mundial”. Parte de eso es hipérbole, pero, en un sentido, tal vez la fortaleza de la India esté subvalorada.¿Qué hace que un país sea un líder mundial? ¿Es la población, el poderío militar o el desarrollo económico? En todos estos aspectos, la India ha hecho progresos extraordinarios. Va camino a superar a China como el país más poblado del mundo para 2034, tiene el cuarto ejército más grande del mundo y armas nucleares, y ya es la quinta economía más importante a nivel mundial en términos de paridad de poder adquisitivo -y sigue creciendo, aunque gran parte de su población aún vive en condiciones de destitución.Todos estos indicadores comúnmente se utilizan para juzgar la condición global de un país. Sin embargo, algo mucho menos tangible, pero en gran medida mucho más valioso en el siglo XXI, quizá sea más importante que cualquiera de ellos: el “poder blando” de la India.Tomemos el caso de Afganistán, por ejemplo –una cuestión de seguridad importante para la India, como lo es para el mundo-. Sin embargo, el mayor activo de la India allí no es producto de una misión militar: no existe ninguna misión militar. Surge de un hecho simple: no trate de llamar por teléfono a un afgano a las 8:30 de la noche. En ese momento es cuando Tolo TV transmite la telenovela india “Kyunki Saas Bhi Kabhi Bahu Thi”, doblada al dari, y nadie quiere perdérsela.“Saas” es el programa de televisión más popular en la historia afgana, con una penetración de audiencia del 90%. Se lo considera directamente responsable de un aumento repentino en la venta de generadores, e incluso de ausentismos a las funciones religiosas que coinciden con el momento en que el programa sale al aire. “Saas” ha capturado tan a fondo la imaginación popular en Afganistán que, en este país profundamente conservador donde los problemas familiares suelen ocultarse literalmente detrás del velo, es un programa de televisión indio el que ha llegado a dominar (y a veces a justificar) la discusión de asuntos familiares en público.Ése es el poder blando, y su fortaleza particular reside en que nada tiene que ver con la propaganda gubernamental. Las películas de Bollywood, que está llevando su entretenimiento fastuoso mucho más allá de la diáspora india en Estados Unidos y el Reino Unido, ofrecen otro ejemplo. Un amigo senegalés me contó sobre su madre analfabeta que se toma un ómnibus a Dakar todos los meses para ver una película de Bollywood –no entiende el diálogo en hindi y no puede leer los subtítulos en francés, pero de todos modos es capaz de captar el espíritu de las películas y entender la historia, y así es que gente como ella mira a la India con estrellas en los ojos-. Un diplomático indio en Damasco hace unos años me dijo que los únicos retratos exhibidos públicamente en igual tamaño que los del entonces presidente Hafez al-Assad eran los de la superestrella de Bollywood Amitabh Bachchan.El arte, la música clásica y la danza de la India tienen el mismo efecto. Al igual que el trabajo de los diseñadores de moda indios, que hoy transitan las pasarelas del mundo. La cocina india, que se propaga por todo el mundo, realza la posición de la cultura india en el reconocimiento popular; la manera de llegar a los corazones de los extranjeros es a través de sus paladares. En Inglaterra, hoy, las casas de curry indias emplean a más gente que las industrias del hierro y acero, carbón y naviera juntas.Cuando se infunde un ritmo bhangra en un disco pop occidental o un coreógrafo indio inventa una fusión de kathak y ballet; cuando las mujeres indias arrasan en los certámenes de Miss Mundo y Miss Universo, o cuando “La boda del Monzón” entusiasma a la crítica y “Lagaan” logra una nominación al Oscar; cuando los escritores indios ganan los premios Booker o Pulitzer, el poder blando de la India se acrecienta.De la misma manera, cuando los norteamericanos hablan de los IIT, los Institutos de Tecnología de la India, con la misma reverencia que le asignan al MIT, y la esencia india de los ingenieros y programadores de software es considerada sinónimo de excelencia matemática y científica, la India gana en respeto.En la era de la información, como sostiene Joseph Nye, el gurú del poder blando no es el bando con el ejército más grande, sino el bando con la mejor historia, el que gana. La India ya es la “tierra de la mejor historia”. Por ser una sociedad pluralista con unos medios masivos libres y prósperos, energías creativas que se expresan en una variedad de maneras llamativas y un sistema democrático que promueve y protege la diversidad, la India tiene una capacidad extraordinaria para contar historias que son más persuasivas y atractivas que las de sus rivales.Y además está el reconocimiento de la India a nivel internacional por ser un país auténtico. El considerable pluralismo de la India quedó de manifiesto después de las elecciones nacionales de mayo de 2004, cuando un líder de una extracción católica romana (Sonia Gandhi) facilitó las cosas para que un musulmán (el presidente Abdul Kalam) le tomara juramento a un sikh (Manmohan Singh) como primer ministro –en un país que es 81% hindú-. Ningún chauvinismo nacionalista que se pavonee de tal alguna vez pudo haber logrado para la posición de la India en el mundo lo que logró ese momento –mucho más si se tiene en cuenta que no estuvo dirigido al mundo.Todavía es mucho lo que la India debe hacer para asegurar que su pueblo sea sano y esté bien alimentado y a salvo. Se están haciendo progresos: la lucha contra la pobreza se está ganando lentamente (demasiado lentamente). Pero las mayores perspectivas de que la India gane admiración en el siglo XXI tal vez no residan en lo que hace, sino simplemente en lo que es.Shashi Tharoor es el autor, más recientemente, de The Elephant, the Tiger and the Cellphone: Reflections on India in the 21st century (El elefante, el tigre y el celular: reflexiones sobre la India en el siglo XXI).