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domingo, 6 de enero de 2008

DESTINO DE SANGRE

DESTINO DE SANGRE
Por qué Pakistán importa
G. HIGUERAS 06/01/2008

La bomba atómica, la progresiva talibanización de zonas del país y la frontera con China, Irán o Afganistán convierten al país asiático en un nudo clave para la estabilidad mundial
La religión, que fue el catalizador que impuso el nacimiento de Pakistán, ha generado unas fuerzas extremistas que amenazan con desintegrar el Estado en el momento de máximo valor geoestratégico de este país. “Socio indispensable”, según el presidente Bush, en la guerra contra el terrorismo internacional, el llamado país de los puros se ha dotado de armas nucleares supuestamente para defenderse de su gran vecino politeísta, India, sin querer prestar atención a que el germen destructor de su unidad no procede de fuera, sino de dentro.
Estados Unidos, su principal valedor, tampoco ha percibido que ayudando masivamente al ejército paquistaní —desde 2001 le ha entregado sin pedirle cuentas 10.000 millones de dólares— alimentaba el resentimiento de la sociedad civil y de una multiplicidad de etnias aplastadas por la represión militar. Para Washington, lo importante era estrechar los vínculos con el régimen de un país fundamental para el diseño de su nueva estrategia democratizadora en Afganistán. Además, Pakistán también tiene fronteras con el gran rival de EE UU (China) y con su principal enemigo (Irán).
Pakistán fue alumbrado en uno de los episodios más violentos de la historia. La partición de India en dos naciones separadas al independizarse de la Corona británica, en 1947, forzó a 10 millones de personas a trasladarse por motivos religiosos a uno u otro lado de la frontera. El éxodo estuvo acompañado de violentos enfrentamientos comunales, incendios, violaciones y todo tipo de sangrientos incidentes que causaron alrededor de dos millones de muertos.
Gobernado casi ininterrumpidamente por militares durante sus 60 años de existencia, Pakistán, que ya ha librado tres guerras con India, se ha concentrado en su industria armamentista. Los expertos señalan que posee entre 60 y 115 cabezas nucleares, todas supuestamente estacionadas en la provincia de Punjab, de la que procede el 90% de los oficiales y soldados paquistaníes, lo que tampoco favorece la unidad del país.
Los disturbios en la sureña provincia de Sind, feudo de la familia Bhutto, tras el asesinato de Benazir pusieron de manifiesto las tensiones entre Sind y Punjab. Además, la desaparición de Benazir Bhutto, única líder con indiscutible carácter nacional, puede fortalecer el nacionalismo sind, lo que provocaría serios problemas dentro de la misma provincia cuyas principales ciudades, incluida Karachi, están pobladas mayoritariamente por la minoría mohayir, musulmanes de origen indio y lengua urdu.
Pero el mayor desafío que enfrenta Pakistán y la comunidad internacional es la creciente alianza entre el extremismo religioso y el nacionalismo pastún, que podría dar origen a una nación: Pastunistán. Ésta agruparía a más de 40 millones de pastunes que habitan a ambos lados de la frontera afgano-paquistaní, y que se sienten hostigados por los bombarderos de EE UU en Afganistán y por los helicópteros artillados en Pakistán.
Según la ONG Internacional Crisis Group, desde que en 2004 el ejército paquistaní, presionado por EE UU, multiplicara sus operaciones militares en la zona fronteriza con Afganistán, más de 50.000 pastunes se han visto obligados a abandonar sus hogares para desplazarse a áreas más seguras, sobre todo a las ciudades. Ese “uso indiscriminado y excesivo de la fuerza enajenó el apoyo de la población local” hacia el Gobierno de Islamabad.
El régimen talibán instalado en Kabul en 1996 era fundamentalmente pastún, y, tras ser derrocado por EE UU en 2001, se refugió entre sus “hermanos” de las belicosas tribus pastunes de Pakistán. La talibanización de las zonas tribales se extiende ahora por buena parte de la llamada Provincia Fronteriza del Noroeste (NWFP) y por el norte de Baluchistán, la provincia con más recursos naturales del país —gas, petróleo y minerales—, en la que lucha por su control y por la separación del Gobierno de Islamabad, el Ejército de Liberación de Baluchistán.
Los nacionalistas baluchis también se sienten molestos porque el ejército paquistaní realizara en su región, en 1998, las pruebas atómicas que demuestran su capacidad nuclear y, sin embargo, tenga todos los silos atómicos en Punjab. “No me cabe la menor duda de que nunca podrán caer en manos de extremistas”, declaró el general Pervez Musharraf en 2005 para calmar la inquietud de Estados Unidos sobre el almacenamiento de estas armas, dado el interés de Al Qaeda por hacerse al menos con una bomba sucia, es decir, un artefacto explosivo con una cantidad mínima de uranio enriquecido.
El temor de Washington se fundamenta en que el padre de la bomba atómica paquistaní, el científico Abdul Qadir Jan, condecorado como héroe nacional, no tuvo reparos en facilitar o vender a lo largo de la década de los ochenta, mientras realizaba sus experimentaciones, parte de éstas y de la tecnología necesaria a Irán, Corea del Norte y Libia.
“Si no hay un cambio radical e inmediato en toda la política paquistaní que aplaque los agravios étnicos, la pobreza rampante, la ignorancia y la falta de perspectivas de futuro podemos encontrarnos en menos de cinco años gobernados por talibanes e incluso enfrentarnos a la desintegración del Estado”, afirma Zahir Salam, propietario de Ferozsons, la principal editorial de Pakistán y cónsul honorario de España en Lahore, la capital de Punjab.
La asesinada ex primera ministra Benazir Bhutto insistió siempre en que las “fuerzas destructoras” de Pakistán proceden del antiguo régimen de Mohamed Zia ul Haq (1977-1988), cuando EE UU, empeñado en la guerra fría —la Unión Soviética invadió Afganistán de 1979 a 1989— “apoyó, entrenó y armó” a las guerrillas islámicas que luchaban contra la dominación comunista. Osama Bin Laden cooperó entonces con la delegación en Peshawar (capital de la NWFP) de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense para impulsar la lucha de los muyahidin.
Así, el país que fuera puerta de contención del comunismo infiltrado en Afganistán se ve hoy día convertido en escenario de la lucha contra el radicalismo islámico y en tablero del juego que libran los chiíes de Irán y los suníes de Arabia Saudí. Unos y otros se disputan el dominio que la religión ejerce sobre más de 1.000 millones de musulmanes, de los que 165 millones son paquistaníes.
El 74% de la población de Pakistán vive con menos de un euro al día; la corrupción del sistema, el nepotismo de los políticos y la avaricia de un ejército propietario del primer grupo industrial del país —controla el 35% de la economía nacional— son el caldo de cultivo en el que crece un extremismo islámico envalentonado por las guerras de Irak y Afganistán.